El futuro y los paradigmas del ayer

Ideas como “a más crecimiento, más empleo” y “la tecnología nunca igualará a la naturaleza” pierden vigencia.

Existe un paradigma muy extendido entre los intelectuales y los tomadores de decisiones: el futuro es incierto y por lo tanto no vale la pena pensar en él, porque siempre nos sorprenderá. Si bien es cierto que el futuro pertenece al terreno de la incertidumbre porque es producto de la combinación de la complejidad y de la indeterminación, eso no significa en lo absoluto que el futuro no se puede conocer, entender ni administrar.

Desde esta columna, hemos venido haciendo docencia sobre la importancia de la prospectiva —disciplina de las ciencias sociales que “estudia el futuro para comprenderlo y poder influir sobre él” (Berger, 1958)— en los procesos de planeamiento de mediano y largo plazo de naciones, territorios y organizaciones.

Hoy, cuando estamos en medio de la Cuarta Revolución Industrial (4RI) no podemos desconocer los grandes cambios que se están gestando en otras partes del mundo, producto de la convergencia de las tecnologías transformadoras (biología sintética, edición de genes, internet de las cosas, materiales nanoestructurados, realidad virtual, computación cuántica, inteligencia artificial, entre otros).

| Fuente: Freeimages | Fotógrafo: Denis Bilotta

Y es que el concepto de “revolución” comprende necesariamente un cambio de los paradigmas vigentes hasta ese momento, porque las bases donde se asentaban nuestras creencias y valores se van desmoronando ante nuestros ojos. Por ejemplo, existe mucha preocupación por los altos índices de desempleo y subempleo en nuestro país y diversas voces exigen al Gobierno y a los empresarios inversión para alcanzar altos niveles de crecimiento económico bajo el paradigma de “a más crecimiento, más empleo”. Lamentablemente, eso que fue cierto en siglos y décadas anteriores, no va más, porque hoy en día hay que pensar en el impacto de la automatización y la inteligencia artificial sobre el empleo. Y no es un fenómeno reciente, solo que ha pasado desapercibido: ¿alguien derramó una lágrima por los ascensoristas que perdieron su trabajo cuando se instalaron los ascensores automáticos? ¿O por los miles de carteros que fueron reemplazados por los correos electrónicos?

La 4RI, armada hasta los dientes con tecnologías transformadoras, no tiene compasión con los paradigmas del pasado. Y a la desaparición del “crecimiento=empleo” se suma la caducidad de “la tecnología no podrá duplicar completamente los procesos biológicos de la naturaleza”. En la actualidad, comenzamos a ver el gradual ingreso al mercado de los resultados de la aplicación de la biología sintética: sangre humana, pan de celulosa, carne, cuero y leche de vacuno, entre otros. ¿Se imaginan no tener ya que buscar donantes de sangre ante una emergencia de un familiar? Ahora ya se cuenta con sangre humana producida en laboratorio con todos sus glóbulos rojos y blancos, plaquetas y suero, y lo más importante libre de contaminación de VIH o hepatitis. Debido a que la ganadería es la principal actividad humana que emite gases de efecto invernadero, también disponemos ya de carne de vacuno totalmente libre de grasa elaborada en laboratorio a partir de células vivas de tejido muscular, así como cuero “natural” producido de células epiteliales de vacuno y quizás lo más importante, leche “natural” producida a partir de vegetales, cuyas moléculas pasan por los mismos procesos existentes en el sistema digestivo de la vaca, pero en reactores de laboratorio. El resultado es simplemente leche, con los mismos elementos de la producida por la vaca, e incluso con el mismo sabor.

Gracias a la 4RI, no habrá ya excusas para que exista el hambre en el mundo. De ahí que ya se comenzó a hablar de la “economía de la abundancia”, porque pasaremos por encima de las restricciones del espacio físico y del clima. Entonces, ¡el cielo será el límite!

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