Breve anticrónica de lo ocurrido en San Marcos

La Universidad y la ciudad de Lima deben aprovechar esta nueva oportunidad para solucionar la situación que hoy las enfrenta.

Si el lector acepta que le pida prestado un poco de su tiempo, puedo contarle algunas de las particularidades que distinguían al cruce de las avenidas Venezuela y Universitaria hace algunos años atrás. No será este un recuerdo muy exacto, pues debo decir que el lugar al que quiero referirme (la intersección de dos antiguas vías automovilísticas) no era en sí muy interesante ni merecía la especial atención de los que pasaban por allí. Pero hoy que la pimienta, las marchas y las patrullas sofocan transeúntes que pasan por allí, tal vez esta crónica sirva para conocer algo más sobre el perfil y la entraña del hoy azaroso rincón.

Como tantos otros cruces de la capital, este era un terreno de arena, piedras y toda esa suerte de sólidos que encontramos (pero que en realidad nunca vemos) en las pampas abandonadas. Este gran espacio se extendía hacia el sur, en dirección a San Miguel, y no tenía veredas ni señalización. Hacia el norte, en cambio, la perspectiva era muy diferente. La esquina de la Universidad, cercada por un muro de poca altura y adornada con un cartel celeste que ofrecía cursos de computación, marcaba claramente la sección urbanizada del lugar. En la vereda de la avenida Venezuela, en dirección al Callao, había algunos puestos en los que se vendían libros viejos, y más allá se encontraban los agachaditos y las ramaditas. Solamente el camino hacia Lima era poco transitado, pues por allí se levantaban las grandes fábricas y pocos se animaban a incluirlo en sus paseos. Por las noches, los estudiantes salían en grupos para probar la oferta (anticuchos, chanfainita o caldo de gallina) o esperar al pie de los semáforos el transporte que los llevaba a sus casas. Luego del tumulto de la salida, la cuadra quedaba solitaria durante el resto de la vigilia.

| Fuente: Andina

No se trataba, pues, de un lugar muy encantador ni muy acomodado, pero esto nunca impidió al peatón ocasional imaginar qué es lo que podía suceder con ella en el futuro. ¿Un trébol, tal vez? Era mucho pedir. ¿Quién se acordaría de una esquina perdida y polvorosa en el mapa de Lima Metropolitana? Pero, aun así, ¿a quién no le hubiera gustado llegar a su casa o a su universidad con la bienvenida de un hermoso jardín?

Finalmente, y después de muchos embotellamientos, llegó el día en que empezó la construcción del gran eje vial. Los carteles de color amarillo y azul mostraban los beneficios que la obra iba a garantizar para la zona y para los pacientes vecinos. Pronto llegaron los fierros, el concreto, los obreros y los ingenieros, hijos de la ciudad moderna, y el viejo pampón se convirtió en un coloso de granito que proyectaba su sombra sobre el respetable. Pero la función no terminó. El gran proyecto nunca llegó a su fin, y hasta ahora todo ha quedado igual. Las largas conversaciones y las grandes promesas no han rendido ningún fruto. Todo se ha quedado detenido en el tiempo.

Si hoy existe la iniciativa de la Universidad y de la ciudad de Lima para solucionar la situación que hoy se enfrenta, vale la pena aprovechar la oportunidad. Los extremos dañan a las partes y, finalmente, las terminan por alejar. A nadie le gusta tener un cruce incompleto y defectuoso, y, del mismo modo, a ningún estudiante le atrae la idea de correr peligro en los propios corredores de su facultad.

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