Metrópolis 2026: El futuro que nos alcanzó en silencio

En este año 2026, la frontera entre la distopía cinematográfica y nuestra realidad cotidiana se ha vuelto casi imperceptible. Al cumplirse la fecha en la que Fritz Lang situó su monumental obra, nos encontramos ante un espejo que devuelve una imagen de tensiones tecnológicas y sociales profundas. La vigencia de Metrópolis no reside solo en su estética, sino en su lúcida advertencia sobre la deshumanización en la era del progreso desmedido.

Metrópolis (1927).
Metrópolis (1927).

En una ciudad futurista dividida entre la opulencia de los planificadores y la esclavitud de los obreros subterráneos, Freder, hijo del dueño de la metrópolis, se enamora de María, una líder espiritual que predica la llegada de un mediador. Para evitar una rebelión, el científico Rotwang crea un robot con la apariencia de María para sembrar el caos y destruir la confianza de los trabajadores. Tras inundaciones, persecuciones y el enfrentamiento final en la catedral, Freder logra conciliar a las clases sociales, cumpliendo la profecía de que el corazón debe ser el mediador entre la mano y el cerebro. Cien años han pasado desde que el expresionismo alemán proyectara esta visión que hoy, desde nuestra posición en la historia, se siente extrañamente familiar. Hoy, esa arquitectura vertical se ha transformado en una estratificación algorítmica donde los muros de datos han creado una nueva "Ciudad de los Hijos" y un renovado "Subsuelo" de trabajadores invisibles que alimentan las inteligencias artificiales desde las periferias del mundo globalizado.

La actualidad de la película se manifiesta con vigor en la crisis de la intermediación entre el conocimiento y la técnica. En nuestra contemporaneidad, el "cerebro" está siendo ocupado por arquitecturas neuronales artificiales que operan a velocidades inalcanzables para el discernimiento humano. La alienación que sufría el obrero de Lang frente a la máquina Moloch ha mutado en una dependencia cognitiva frente a sistemas que procesan nuestra realidad sin que comprendamos del todo sus sesgos o sus fines. Estamos habitando una metrópolis digital donde la labor intelectual, antes refugio de la singularidad humana, comienza a ser automatizada, desplazando el eje de la autoridad hacia entidades no biológicas que no poseen, ni pretenden poseer, ese "corazón" conciliador que la trama reclamaba con urgencia para unir a la mano con el cerebro.

Asimismo, la figura de la falsa María es quizás la metáfora más potente de nuestra era de post-verdad y deepfakes, donde la imagen y la palabra son generadas sintéticamente para distorsionar la voluntad colectiva. La tecnología ya no solo sirve para la producción material, sino para la manufactura de la percepción. Como el científico Rotwang, la industria tecnológica actual posee la capacidad de crear simulacros tan perfectos que la distinción entre lo auténtico y lo artificial se vuelve una tarea de arqueología ontológica, desafiando las bases mismas de nuestra convivencia ciudadana y la confianza en nuestras instituciones. Observamos cómo la vigilancia panóptica se ha democratizado en dispositivos que portamos voluntariamente, convirtiendo el flujo constante de información en la nueva energía que sustenta la economía, pero bajo el riesgo constante del colapso por agotamiento del factor humano.

Esta aceleración técnica nos sitúa ante lo que algunos denominan el umbral del fin de la historia humana tal como la conocemos. Sam Altman, figura central de la revolución de la inteligencia artificial, ha lanzado una suerte de profecía secular que resuena con los ecos apocalípticos de la película: para el año 2028, apenas a dos años de nuestra realidad actual, podríamos alcanzar la Super Inteligencia Artificial (ASI). Según Altman, este hito traerá consecuencias imprevisibles, un salto cualitativo donde la máquina ya no solo imita al hombre, sino que lo supera en toda dimensión cognitiva. Si en Metrópolis el peligro era la rebelión de las masas, la profecía de la ASI nos advierte sobre una singularidad donde el control humano podría volverse irrelevante, dejando a la humanidad en una posición de mera espectadora ante su propia creación.

Al reflexionar sobre este 2026, queda claro que el mensaje de Lang sigue siendo una tarea pendiente. La técnica, desprovista de una ética del cuidado y de una comprensión profunda de las relaciones sociales, solo puede conducir a la fragmentación. No se trata de rechazar el progreso, sino de asegurar que el diseño de nuestro futuro encuentre un punto de equilibrio en la dignidad humana. Si no logramos rescatar esa mediación, corremos el riesgo de que la Metrópolis del mañana no sea una ciudad de hombres y mujeres, sino un vasto sistema autónomo donde la humanidad sea, simplemente, un dato de archivo en una memoria que ya no nos pertenece.

NOTA: “Ni el Grupo RPP, ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma.

Jefe del Departamento de Filosofía y Teología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM). Es Dr. (c) en Humanidades por la Universidad de Piura y maestro en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Autor del libro "La trama invisible de lo útil. Reflexiones sobre conocimiento, poder y educación" y de numerosos artículos académicos vinculados a la historia de las ideas, con énfasis en la historia conceptual, y en las relaciones entre conocimiento y sociedad en el Perú y América Latina.

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