El narrador tierno

Para Olga Tokarczuk, es la literatura la que milagrosamente ha preservado sus derechos para todo tipo de excentricidades, fantasmagorías, provocaciones, parodias y locuras, que permiten ir más allá de las diferencias culturales como para crear una obra lo suficientemente transgresora, pero al mismo tiempo querida por sus lectores.

Desde que en octubre anunciaron a los ganadores del Premio Nobel de Literatura de los años 2018 y 2019, toda la atención ha estado puesta en el escritor austriaco Peter Handke, dejando un poco de lado a la polaca Olga Tokarczuk. De esta última sabemos todavía poco, pues, como suele suceder, muchos de los escritores premiados suelen ser desconocidos en nuestro medio. No obstante, una primera oportunidad para acercarnos a ellos es el discurso de recepción que cada uno de los galardonados debe presentar en la noche del banquete. Es allí donde el escritor o la escritora comparten sus ideas sobre la literatura, sobre el arte y algunas anécdotas de su historia personal relacionadas con su carrera. Es allí también que se conocen algunos detalles y anécdotas poco conocidos para los lectores pero que para ellos han sido muy importantes en el momento de escribir. El discurso de Tokarczuk se tituló “El narrador tierno”.

Las primeras palabras de la velada estuvieron dedicadas a describir una fotografía de su madre cuando esta aún se encontraba embarazada de ella. La foto es en blanco y negro, lo que no permite distinguir los detalles, pero sí logra mostrar el rostro triste, casi perdido, de la mujer que mira hacia la cámara. Tokarczuk recuerda que años después, cuando le preguntó a su madre sobre la razón de esa tristeza, ella le respondió que era porque si bien aún no nacía, ella ya la extrañaba. Este sentimiento, sin embargo, no era un sentimiento de pérdida sino de sentido de existencia, le explicó la madre. “Extrañar a una persona significa que ella se encuentra presente”.

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Es a partir de esta respuesta de su madre que la novelista hace una reflexión sobre el uso que hoy hacemos de las palabras y el modo en que la literatura puede servir para recuperar el ruido de información que hoy dominan nuestra vida cotidiana. Para Tokarczuk, el mundo contemporáneo ha alcanzado lo que tantos sabios del pasado quisieron para la sociedad humana, esto es, la posibilidad de tener toda la información y el conocimiento en nuestras manos. Gracias a Internet y a los medios digitales, cualquier persona en cualquier lugar del mundo tiene a su disposición todo lo que necesitaría saber. Sin embargo, resulta que en vez de unir, universalizar y liberar, toda esta información nos divide y nos encapsula en burbujas, creando narrativas que son incompatibles entre ellas e incluso hostiles entre sí, pues son mutuamente antagónicas. En vez de escuchar la armonìa del mundo, los medios digitales nos han llevado a escuchar la cacofonía de sus sonidos. Como en la cita de Shakespeare, “Internet es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia”. 

Estas “historias” de las que habla Tokarczuk son, a la sazón, esos relatos que en medio del desorden y anomia de la información ha permitido que los políticos y los tiranos empiecen a crear mitos e historias para favorecer sus intereses. Su cercanía al poder y el control de los medios, les hace caer en la tentación de adecuar la realidad a lo que desean que aparezca o no aparezca en el mundo. No es raro, por tanto, que al mismo tiempo haya surgido la necesidad, casi neurótica, por querer tener información veraz sobre la realidad. Los escritores ahora se encuentran obligados a probar que los relatos que cuentan son “de verdad” o que se basan en la realidad. “La ficción literaria ha perdido muchos lectores desde que la mentira se ha convertido en una peligrosa arma de destrucción masiva, por más que se trate de una herramienta muy primitiva”, dice Tokarczuk. “A mí siempre me preguntan: ´¿Lo que escribes es realmente verdad?´ Una pregunta que parece predecir el fin de la literatura”.

Ante este escenario, es necesario preguntarse si es necesario preguntarse por el concepto de realismo y, con ello, tratar de ir más allá de nuestro ego --el ego tan sobrevalorado en las novelas de “autoficción”-- y los discursos políticos --como la reciente fiebre nacionalista-- para penetrar el vidrio con el que nos acercamos al mundo. ¿Podremos crear un tipo de historia que vaya más allá de la incomunicabilidad personal, capaz de revelar la variedad de realidades que existen y mostrar las diferentes conexiones que existen entre las personas? Para Tokarczuk, es la literatura la que milagrosamente ha preservado sus derechos para todo tipo de excentricidades, fantasmagorías, provocaciones, parodias y locuras, que permiten ir más allá de las diferencias culturales como para crear una obra lo suficientemente transgresora pero al mismo tiempo querida por sus lectores. Una obra que permita recuperar la sensación de existencia, más allá de que se deba comprobar la presencia del otro, tal como lo sentía su madre antes de que ella nazca. 

El extenso discurso de la novelista finaliza con un llamado a lo que llama “el narrador tierno”, pues la ternura es el arte de la personificación, de compartir sentimientos, del placer de descubrir un sinfín similitudes. “La ternura personaliza todo a lo que se relaciona, haciendo posible dar una voz, dar un espacio y un tiempo para ingresar a la existencia y para su misma expresión”. 

Son muchos los temas de los que habla Tokarczuk, pero tal vez este es el que más sorprende y nos motiva. Muchas de las “narrativas” que escuchamos en la realidad y en la ficción solo buscan que seamos fieles a su verdad, convirtiéndonos en seguidores intolerantes ante la diversidad. Las ideas de la escritora son, pues, un llamado a la libertad y a la diversidad (la verdadera, no la decorativa) de la que está hecha nuestra vida cotidiana. 

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