La finalidad de las empresas es…

La doctrina Friedman, de primacía de los accionistas por encima de los intereses de los stakeholders, ha cumplido medio siglo. En este tiempo, ha demostrado su disfuncionalidad para responder responsablemente a los intereses empresariales de largo plazo, y a los clamores sociales y medioambientales.

El 13 de setiembre de 1970, hace cincuenta años, el connotado economista Milton Friedman publicó en The New York Times un seminal ensayo, cuyo título traducido es La Responsabilidad Social de la Empresa en Aumentar Sus Utilidades. Este devino en uno de los textos más influyentes del siglo XX en asuntos de políticas económicas y de gestión empresarial. El propio título de ese ensayo se convirtió en lo más significativo de su contenido, y adquirió el carácter de dogma de fe dentro del mundo empresarial.

El texto destila los postulados radicalmente libertarios que caracterizaron el pensamiento de Friedman, que atribuye al mercado la capacidad de resolver todas las necesidades sociales y aborrece cualquier acción del Estado.

Allí sostiene él que todo ejecutivo, como empleado de los propietarios de la empresa, es responsable ante estos. “Esa responsabilidad es la de conducir la empresa de acuerdo con sus deseos, que generalmente serán los de ganar tanto dinero como sea posible en concordancia con las reglas básicas de la sociedad”. Sostiene críticamente que toda inversión corporativa en cuestiones de interés social implica una disminución en el monto de las utilidades que corresponden a los accionistas, es decir un gasto del dinero de estos por parte de los ejecutivos de la empresa. Aún más radicalmente, sostiene que el postulado de responsabilidad social empresarial “involucra la aceptación de la perspectiva socialista de que los mecanismos políticos, no los mecanismos del mercado, son el medio apropiado para determinar la asignación de recursos escasos para usos alternativos”.

La doctrina Friedman, como se la denominó, quedó condensada en la noción de la primacía de los accionistas por sobre todos los demás actores del desenvolvimiento corporativo (stakeholders). Acrecentó su protagonismo, como paradigma del capitalismo en Estados Unidos y otros países, desde la década de 1980 y hasta por lo menos fines del año 2008, cuando la crisis financiera puso en evidencia sus limitaciones y los daños que podía producir. El cortoplacismo por el que aboga la doctrina Friedman fue erosionando de diversas formas los intereses de largo plazo de las propias empresas, por ejemplo, incentivando la reducción de los presupuestos corporativos para acciones de investigación, desarrollo e innovación; además de generar daños sociales y medioambientales a través de su obsesión por las ganancias inmediatas e irrestrictas. Convirtió una verdad incuestionable del capitalismo (que las utilidades son esenciales) en una monomanía simplista y descontrolada (las utilidades son lo único importante).

Otra de las consecuencias de la doctrina Friedman fue la de desplazar las consideraciones éticas fuera del ámbito empresarial, relegándolas a las esferas de los gobiernos y de los individuos. Esto quedó retratado en el pensamiento de Gordon Gekko, inescrupuloso personaje de la película Wall Street, de 1987: “La cuestión es, señoras y señores, que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena. La codicia tiene razón. La codicia funciona. La codicia aclara, atraviesa y captura la esencia del espíritu evolutivo.”

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La doctrina Friedman adolece de incomprensión sobre las dinámicas políticas dentro de las que se desenvuelve la actividad empresarial. Como lo ha señalado el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, en un mundo ideal los legisladores emitirían regulaciones que sincronicen perfectamente el alineamiento entre los retornos sociales y privados de toda actividad empresarial, pero el poder real de las corporaciones tiene capacidad para promover que las reglas de juego sirvan a sus propios intereses por encima de los del resto de la sociedad. Y ese poder ha ido creciendo sustancialmente en décadas recientes, tanto dentro de los países como a nivel global.

No es coincidencia que durante las décadas de hegemonía ideológica de la doctrina Friedman, se haya acrecentado muy ostensiblemente la desigualdad dentro de todos los países con economías de mercado. Tampoco lo es el incremento de las externalidades medioambientales causadas a nivel global por la actividad empresarial, sin que estas sean adecuadamente compensadas a los Estados y a las sociedades.

Ante el peso de las evidencias, el pensamiento empresarial ha ido evolucionando hacia el reconocimiento de la gravitación que los demás protagonistas del quehacer empresarial, los stakeholders, merecen tener en el quehacer y en las decisiones corporativas. El cortoplacismo y la estrechez de miras promovida por Friedman no puede llevar a negar el rol fundamental que los trabajadores, los proveedores y los consumidores cumplen para hacer viable cualquier emprendimiento empresarial; ni a ignorar los impactos que este produce sobre el entorno social y medioambiental.

Reconociendo las emergentes realidades contemporáneas y la disfuncionalidad del enfoque de la primacía de los accionistas promovida por la doctrina Friedman, en el año 2019, el Business Roundtable de los Estados Unidos publicó una nueva "Declaración sobre el propósito de una corporación", suscrita por 181 directores ejecutivos de empresas líderes globales, reconociendo que la finalidad de ellas es la de beneficiar a todos los stakeholders y no exclusivamente a los accionistas.

Aunque no se lo hayan propuesto, las empresas y los empresarios ejercen un rol político significativo, en tanto detentan poder de distintas formas y calibres, y esta realidad permea todas sus interacciones con el Estado y con el resto de la sociedad. Tal constatación es aun más evidente en un país plagado por tantas carencias, no solamente de recursos, pero también de instituciones y de conocimientos, como es el caso del Perú. Ciertamente no se trata que abogar por que las acciones de responsabilidad social de las empresas sustituyan al Estado en sus responsabilidades, pero es menester reconocer que se requiere de significativos niveles de compromiso de aquellas con sus entornos, y que alcancen debida legitimidad sobre la base de su actuación como ciudadanos responsables.

La actual pandemia de la COVID-19 ha introducido radicales mutaciones en la correlación entre Estado, sociedad y empresas; a la vez que viene intensificado la necesidad de redefinir el modo en que estas últimas se relacionan con sus entornos, y generan beneficios para todos sus stakeholders y para la sociedad en general. A partir de ahora, la economía de mercado tiene un significado distinto, y son mayores las expectativas sociales sobre el rol ciudadano que las empresas deben cumplir. El reto está planteado y se requiere de líderes capaces de darle cara.     

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