Del machismo también sufren los hombres

La imposición de la conducta violenta como una forma de afirmación masculina afecta tanto a hombres y mujeres. Luchar contra el machismo es también salvar a los hombres de su propia violencia.

En psicología clínica utilizamos dos conceptos que describen un síntoma según su relación con el yo del sujeto.  Llamamos egosintónicos a los síntomas que el o la paciente no reconoce como un problema, por ejemplo, una paciente con un trastorno alimenticio puede no ser consciente de que tiene un problema y negar el daño que se hace a sí misma.  Dado que los sujetos con síntomas egosintónicos no creen tener un problema respecto de dichos síntomas es poco probable que busquen tratamiento.

Por otro lado, llamamos egodistónico al síntoma que es disonante con el yo del sujeto y por tanto es reconocido como un problema. Este tipo de síntoma es repudiado por los pacientes que los padecen y muchas veces buscan una forma de evitarlos o sanarlos. Una persona con síntomas egodistónicos es más propensa a buscar ayuda y a reaccionar positivamente a los tratamientos.

Difícilmente un hombre reconocerá que el machismo también lo expone a conductas de riesgo, lejos de decir “murió por una competencia machista de quien era el más fuerte” se dice, egosintónicamente con el machismo, “murió en su ley”. | Fuente: Freeimages

El machismo propone e impone modos de ser mujer y modos de ser hombre.  Estos tienen una lógica jerárquica en la que los hombres son privilegiados.  Pero esos privilegios tienen también un precio. De todas las características asociadas a la masculinidad tomaré solo una para este artículo. Aunque bien podríamos hablar del problema de manejo de los afectos en los varones me centraré solo en la imposición violenta, conducta ampliamente aceptada, incluso fomentada, como masculina y entendida como contraria a lo femenino.

Observemos ahora algunas cifras de cómo afecta la violencia diferenciadamente a ambos géneros.

De acuerdo al estudio mundial sobre el homicidio de la UNODC (2013), solo el 4 % de los condenados por homicidio son mujeres y estas constituyen solo el 12 % de las víctimas totales. Sin embargo constituyen también, más del 65 % de las víctimas por homicidios perpetrados por compañeros íntimos o familiares. Mientras los hombres mueren en situaciones relacionadas al crimen organizado y al pandillaje, las mujeres mueren en manos de las personas que, se supone, las aman.

En el caso de las mujeres es fácil reconocer el juego del machismo. Pero incluso en la escena del feminicidio no tenemos una víctima del machismo sino dos. El machismo también convierte al hombre en victimario.

No quiero decir con esto que el hombre no sea responsable de sus actos, y culpar a una estructura social. ¡Nada más lejos de mis intenciones! Cada uno es responsable de las acciones que toma. Lo que quiero señalar es que el uso de la violencia, como forma de afirmación masculina, constituye un factor de riesgo para los hombres, el cual es combatible. Luchar contra el machismo no es solo reducir feminicidios, sino también reducir feminicidas y salvar a los hombres de su propia violencia.

Con el tiempo, y gracias al feminismo, el sufrimiento de las mujeres, que antes se llevaba en silencio, se ha vuelto, podríamos decir, egodistónico. Ya no se considera inherente a la condición femenina sino que se puede denunciar, se puede luchar contra él. Hoy una mujer puede enunciar, con razón, “he sido víctima de violencia por el machismo”. Pero el sufrimiento de los hombres rara vez se reconoce, pues para ellos, en su mayoría, el machismo continúa siendo un síntoma egosintónico. Si lo reconocen como problema suelen reconocerlo como un problema para las mujeres y una situación de privilegio para hombres. Y en efecto implica privilegios pero con costos. Difícilmente un hombre reconocerá que el machismo también lo expone a conductas de riesgo, lejos de decir “murió por una competencia machista de quien era el más fuerte” se dice, egosintónicamente con el machismo, “murió en su ley”.

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