
¿Por qué la libertad nos humaniza en una sociedad cada vez menos libre? Esta pregunta, que parece un eco del presente, nos obliga a mirar hacia el pasado filosófico para encontrar algunas respuestas. La libertad no es simplemente la ausencia de cadenas externas, sino una conquista interior que nos define. Sócrates fue uno de los primeros en vislumbrar esto con su famoso lema "conócete a ti mismo". Para él, la verdadera libertad era una conciencia autónoma que nos permitía discernir entre el bien y el mal. No se trataba de una licencia para hacer lo que queramos, sino de un conocimiento necesario de nuestra alma que nos permitía vivir de forma virtuosa. En la misma línea, Aristóteles concebía la libertad como la capacidad de elegir aquellas acciones que nos permiten alcanzar nuestro fin último: la eudaimonia o felicidad. La libertad, en este sentido, es un acto de autoperfeccionamiento, una herramienta que nos acerca a nuestra mejor versión al cultivar nuestras virtudes. Es un camino de crecimiento, no de capricho.
El pensamiento occidental continuó explorando la libertad a través de nuevas lentes. Para Santo Tomás de Aquino, la libertad era un libre albedrío concedido por Dios, un poder que nos permitía elegir entre el bien y el mal. Esta elección no era trivial, sino una responsabilidad moral con profundas implicaciones espirituales. La libertad, en esta visión, es un don divino que nos permite participar en nuestra propia salvación o condenación. Sin embargo, la perspectiva de Blaise Pascal nos confronta con la otra cara de la moneda: la angustia. Pascal describía la existencia humana como un abismo, un vacío en el que la libertad se convierte en una carga. Estamos "arrojados" a este mundo con la terrible necesidad de tomar decisiones que le den sentido a nuestra vida, a pesar de la ausencia de un propósito inherente. La libertad nos humaniza al obligarnos a enfrentar nuestra finitud, nuestra soledad existencial, y a construir un significado en medio del silencio del universo. Es en este acto de creación de sentido que afirmamos nuestra existencia.
La modernidad trajo consigo una concepción de la libertad ligada a la razón. Immanuel Kant elevó la libertad a la condición de posibilidad de la moral. Para él, la verdadera libertad no es hacer lo que uno desea, sino actuar por deber, siguiendo una ley moral que uno se da a sí mismo. A esto lo llamó autonomía. Un acto es libre solo si se basa en el imperativo categórico, una regla universal que podríamos desear que todos siguieran. La libertad, por tanto, nos eleva por encima de nuestros instintos y nos convierte en seres morales. Es la capacidad de trascender nuestras inclinaciones y elegir lo que es correcto, no solo lo que es conveniente. En una sociedad que a menudo nos empuja a la conformidad, la libertad kantiana es la afirmación de nuestra capacidad para pensar y actuar por nosotros mismos, para ser los autores de nuestra propia ley. Luego, en el siglo XX, pensadores como Karl Popper e Isaiah Berlin nos ofrecieron una visión más pragmática y política de la libertad. Popper defendió la sociedad abierta, aquella que se sostiene en la crítica y el debate libre de ideas. En este contexto, la libertad es esencial para el progreso. Berlin, por su parte, distinguió entre dos libertades cruciales: la libertad negativa (la ausencia de coerción) y la libertad positiva (la capacidad de ser dueño de uno mismo).
Cultivar la libertad interior va más allá de la ausencia de cadenas. Es una disciplina personal que comienza con el autoconocimiento. Entender nuestras propias motivaciones, miedos y deseos es el primer paso para no ser esclavos de ellos. La verdadera libertad surge de la autonomía moral; la capacidad de actuar por principios que nos damos a nosotros mismos, no por impulsos o presiones externas. Se trata de un acto de voluntad que nos perfecciona, al elegir acciones virtuosas que nos acercan a nuestro potencial. También implica enfrentar la incertidumbre de la vida, construyendo nuestro propio significado en un mundo sin respuestas predefinidas. La libertad interior es el poder de ser dueño de tu propia mente, de vivir con intención y de encontrar propósito, sin importar las circunstancias externas. Es la afirmación de tu ser más auténtico y una resistencia silenciosa a la conformidad.
Comparte esta noticia