La responsabilidad del oficio intelectual

En el mundo académico se definen gran parte de parte de las tendencias y percepciones que se generalizan tiempo después. Así, una determinada visión de la historia, de la sociedad o de la política, puede enriquecer nuestro conocimiento cultural o tergiversar nuestro acercamiento al mismo. De ahí la responsabilidad que recae sobre los intelectuales y en el mundo académico.

Entre todos los elementos que pueden definir el oficio intelectual, hay dos que creemos insustituibles: la búsqueda metódica y racional de algún tipo de saber y la capacidad autocrítica para evaluar permanentemente el producto de esa indagación. Para la investigación sistemática del conocimiento, se deben poseer las condiciones teóricas adecuadas, a fin de probar una conjetura y responder a las preguntas que surgen alrededor de ella.  Y, asimismo, asumir críticamente las limitaciones de nuestra investigación, sabiendo que son parciales y potencialmente falibles.

Esto nos lleva a plantearnos un asunto fundamental. Se tiene una enorme responsabilidad respecto a lo que se afirma o se escribe en el aula, en la revista, en el libro y en la tribuna periódica. Sobre todo, porque se ejerce influencia sobre un colectivo de personas que no necesariamente ha formado un sentido crítico sobre su propio saber. Y el compromiso es mayor, cuando se trata de los más jóvenes, a quienes se puede influir con mayor eficacia debido a su inexperiencia vital y a sus deseos de creer de forma más evidente.

Un imperativo ético del oficio intelectual, asociado a la divulgación pública de ideas, está en considerar que los prejuicios, las inclinaciones políticas y culturales, deben autolimitarse, a fin de no tergiversar los hechos, adulterar las fuentes y manipular las conciencias de otros. Porque el poder los intelectuales radica una cuestión fundamental: poseer un saber teórico que tiene influencia sobre la configuración mental de grupos muy grandes y en periodos de tiempo muy prolongados. De ahí que el eventual error o la tentación de la falsedad tenga vastas y devastadoras repercusiones. 

Se tiene una enorme responsabilidad respecto a lo que se afirma o se escribe en el aula, en la revista, en el libro y en la tribuna periódica. Sobre todo, porque se ejerce influencia sobre un colectivo de personas que no necesariamente ha formado un sentido crítico sobre su propio saber.
Se tiene una enorme responsabilidad respecto a lo que se afirma o se escribe en el aula, en la revista, en el libro y en la tribuna periódica. Sobre todo, porque se ejerce influencia sobre un colectivo de personas que no necesariamente ha formado un sentido crítico sobre su propio saber. | Fuente: Freeimages

Asimismo, un aspecto importante es evitar la seducción que ejerce la popularidad. En este caso, lejos de la indagación honesta por entender y de motivar a la investigación crítica, se busca el aplauso y la fama fácil, aún a sabiendas que se está traicionando una vocación y, sobre todo, traicionando lo que impulsa al noble oficio intelectual:  la búsqueda sin termino del conocimiento objetivo.

En tiempos de crisis de altísima complejidad, tan pronunciada como la que estamos viviendo, la responsabilidad es mayor. Porque se trata de evidenciar las falsedades o las medias verdades que los demagogos exponen y cuestionar las mitologías sobre arcadias que jamás existieron.  Así, se es más útil estimulando el ejercicio crítico, proponiendo una mayor disposición a aprender que ha tener la razón, sobre todo porque actualmente existen tensiones sociales y culturales, muy graves, que se deben conjurar.

De ahí que sea más racional, en estas circunstancias, hacer pública una visión más comprensiva, reflexiva y contextualizada sobre el devenir humano y de nuestras sociedades.  No olvidemos que el poder corrosivo de la tergiversación y del prejuicio acrítico puede tener grandes repercusiones políticas y culturales, que pongan en riesgo al propio ejercicio intelectual.

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