Tupiri, una de las islas que conforman los Uros. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

Los días de Amalia Suaña (30) empezaban a las cinco de la mañana. Se vestía con uno de sus coloridos trajes típicos, se ataba las trenzas y salía en su embarcación de totora a recoger niños de las islas vecinas de Tribuna, Chumi, Kapi o Titino. Si granizaba o llovía, ella remaba con más fuerza.

Cuando Amalia era niña soñaba con ser profesora. Pero para conseguirlo tenía que estudiar y en la isla donde vivía, Tupiri, las mujeres no estudiaban. Solo podían dedicarse a los quehaceres domésticos desde hacía tantas generaciones que completar la secundaria y luego cursar una carrera universitaria era una posibilidad verdaderamente remota. María (56), su madre, se empeñó en que fuera a la escuela adventista en una isla vecina. Era una niña trabajadora y responsable que sabía hacerse cargo de sus hermanos cuando sus padres se iban a pescar lago adentro durante un par de días.

Al principio solo tuvo cinco niños y prácticamente ningún útil escolar. Cosía cuadernitos de totora, no cobraba un sol por enseñar, pero recibía ocasionales donaciones de turistas y conocidos con los que fue implementando su escuela, a la que llamó Sumita Corazón, que en aymara significa “bonito corazón”. En sus ratos libres, María y Amalia vendían artesanías para ampliar el proyecto.

“Mis padres nos enseñaron a compartir y ayudar. Quizás tenemos poco, pero tenemos que compartir con los demás. Si hay escuelas de primaria y secundaria, ¿por qué no podía haber educación infantil en los Uros?”, se preguntaba Amalia.

Los padres de Amalia, María y Sabino, ayudaron a asegurar la isla para la llegada de los niños, cocinaban para ellos y, cuando el número de alumnos fue en aumento, le echaban una mano a Amalia para mantener el orden en el aula al aire libre.

“Les daba clases en aymara. Le enseñaba matemáticas, arte, lenguaje y algunas palabras en inglés. También cantábamos. Mi economía no daba para comprar frutas o útiles. No teníamos ni mesas ni sillas, pero poco a poco la gente nos iba dando. Los visitantes nos ayudaban. Así empezó a funcionar la escuela”, recuerda Amalia.

Al siguiente año Amalia llegó a tener 30 niños y, con el correr del tiempo, tuvo dos propios: Alejandra (1) y Carlos Andrés (3). También recibió un premio, salió en las noticias, recibió donaciones de laptops, útiles, mobiliario, baños, construyó dos aulas y hasta recibió la visita de una primera dama y una ministra, quien dejó la siguiente frase para el recuerdo: “Amalia Suaña es el símbolo de lo que son y deben ser los maestros del Perú”.

Todo era prosperidad y reconocimiento, pero cielos despejados y entornos apacibles como los del lago Titicaca, también presentan contratiempos. Si bien Amalia tenía el título de educación primaria no había culminado sus estudios de educación inicial. Sumita Corazón fue la primera escuela de educación infantil en los Uros, pero no era un centro de enseñanza oficial. Cuando fue reconocida como institución educativa tuvo que dejar de enseñar. Sin título no podía seguir.

En tierra firme

Tupiri, como las demás islas que conforman los Uros, está construida sobre bloques de totora. La totora es el elemento fundamental de los Uros. Con ella construyen las islas, las casas, los catres, las balsas, las artesanías. Sirve como leña y como alimento, y también la usan como desinflamante y cicatrizante.

La vida en la isla era apacible. Durante el día recibían la visita de algunos turistas y por la noche cenaban en familia. Los domingos hacían trueque con los vecinos de las islas aledañas. Sabino solía pescar carachi y pejerrey que intercambiaban por ocas, chuño o papas.

Juan Carlos (26), marido de Amalia, llegaba de trabajar como guía turístico y se hacía cargo de sus hijos mientras ella ordenaba los materiales para la clase del día siguiente. Así fueron sus días durante muchos años. Este era el entorno en el que Amalia creció y del que se siente orgullosa.

“Yo quiero que cuando crezcan mis hijos se identifiquen con su cultura , que digan que son de los Uros y que nadie los discrimine por decir que son de aquí. Yo soy de Puno y me siento orgullosa y también quiero que mis hijos sean así”.

Ahora, Amalia y su familia viven en tierra firme, en una casa de cemento y no de totora. De su ventana ya no ve los amaneceres en el Titicaca sino una calle asfaltada, llena comercios y de otras casas con televisores, muebles y refrigeradoras. Amalia enseña a niños de primaria en una escuela de Laraqueri, a una hora de Puno. Piensa completar sus estudios de educación inicial. Le quedan dos ciclos para graduarse, pero todavía no cuenta con los medios para matricularse en la universidad.

Mientras tanto, en el bus en el que viaja de lunes a viernes a su nuevo lugar de trabajo, Amalia imagina un futuro esperanzador. Se ve a sí misma enseñándole palabras nuevas a los más pequeños, se ve de regreso en la isla, su isla, impartiendo clases en una pequeña escuela como la que fundó. Lo desea fervientemente. “Ese día llegará”, dice con fe.

¿Qué opinas?