Oro del Perú | Joseph Addison: The adventures of a shilling (1710) / Eve Dew Crook: Peril, passion, Peru (2015)

Desde hace mucho tiempo el nombre del Perú estuvo asociado al oro de los incas que sirvió para la imaginación de ingleses en el siglo XVIII e inspiran, junto a los huacos eróticos, a una desconocida autora norteamericana del siglo XXI. Cuando el petróleo está literalmente en el subsuelo, hay que volver a valorar al oro peruano.

Alejandro Neyra

Alejandro Neyra

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Ahora que el petróleo está más que literalmente en el subsuelo, hay que darle valor, desde todo punto de vista, al oro (peruano), un personaje reconocido desde los primeros tiempos en que el Perú fue llamado Perú, y muy particularmente por los españoles pero también por los ingleses como John Dryden (El emperador indio), William Davenant (La crueldad de los españoles en el Perú) y Joseph Addison, que además de obras de propaganda anti-hispánica, escribieron curiosos dramas y relatos sobre lo que sucedía en el Nuevo Mundo.

Este último, Addison, fue un dramaturgo inglés –su obra más famosa es “Catón”– que también escribió curiosos relatos en que daba voz a objetos diversos, como por ejemplo una moneda. Así, en “Historia de un chelín”, narra las aventuras de una moneda que le cuenta a su dueño las mil peripecias que pasó desde su niñez como metal puro en las montañas peruanas, pasando por cofres de avaros, bolsas de emperadores, y monederos de viejas gruñonas. El inicio del breve cuento es sensacional:

“Yo nací, me dijo (el chelín), en la ladera de una montaña, cerca de una pequeña villa del Perú, e hice un viaje a Inglaterra en un lingote dentro del convoy de Sir Francis Drake. Fui, poco después de mi llegada desvestido de mi habito indio, refinado, naturalizado y convertido “al British mode” con la faz de la Reina Isabel en un lado y las armas del país en el otro.”

Más allá de la anécdota, más recientemente una novela de la desconocida autora norteamericana Eve Dew Crook, narra cómo un grupo de falsos arqueólogos contrabandean oro del bueno.

| Fuente: Difusión

Peligro, pasión, Perú

Eve Dew Crook, amable anciana que se parece a la abuelita de Piolín, me confesó –la ventaja es que siendo una autora desconocida habla con un donnadie, como este amable escriba obsesionado– que tenía la idea de escribir una (segunda) novela romántica con algo de acción y aventuras. Pensó entonces en una pareja de arqueólogos, en paisajes exóticos y recordó sus viajes al Perú, el primero de los cuales fue la visita a una amiga suya, Estelle, casada con un diplomático norteamericano que había sido destinado al Perú. La elección del escenario no es casual.

Hay varias escenas sexuales, narradas con sencillez y cuidado (en todo sentido pues los personajes siempre tienen, increíblemente, aun en nuestro árido e inhóspito desierto norteño, un preservativo a mano). La inspiración viene de unas cerámicas Moche que la protagonista mantiene en la mente en todo momento: los muy famosos huacos eróticos del museo Larco. Pocas veces el Perú ha inspirado momentos más sicalípticos que en esta novela. Las piezas precolombinas sirven de inspiración para las inspiradas poses que, en esta novela, ensayan un arqueólogo apolíneo y una editora neoyorquina que está a punto de divorciarse y encuentra en el Perú la mejor forma de copular en Peruvian style.

Eve Dew Crook describe bastante bien los huacos eróticos. Poses osadas y sexo desinhibido en el que los protagonistas, sin embargo, siempre tienen el rostro adusto o cuando menos enigmático, como si las relaciones fueran un asunto entre ritual y rutinario en el Perú antiguo. No es eso lo que intentan Dex Conroy y Jill Flanders, los personajes de la novela quienes llegada la hora se lanzan a replicar las posiciones más complejas aun cuando tienen una predilección por lamerse el cuerpo cuando está cubierto por los fluidos del jugoso mango peruano (sic).

Si hay algo que se le puede recriminar a Eve Dew Crook es que pese a que los paisajes peruanos están bien descritos y hay guiños positivos a nuestro pisco sour, cebiche y en general a nuestra culinaria (hoy encerrada en casa), no hay para ella límite en poner entre ellos a unos indios bebedores de tequila, unas tortilleras (camiones que reparten tortilla, just in case) o unos paisanos que parecen más mexicanos que peruanos. Sabemos que no es su culpa. En la ficción, y más en una novela de acción como esta, los detalles estereotipados son fundamentales para darle verosimilitud frente a lectores que evidentemente no creerían que al sur del río Bravo los seres humanos no comen tacos ni beben el destilado del agave.

La trama es esta: Jill Flanders ha ido al Perú para encontrar a su marido Frank –quien parece haber desaparecido en el norte peruano- y obligarlo a que firme los papeles de divorcio. Ella es una mujer exitosa con un puesto ejecutivo en una importante editorial y quiere dejar atrás la molicie de su matrimonio. El marido ha sido siempre un cretino mujeriego y su trabajo de arqueólogo lo hace viajar por los sitios más extraños, como Trujillo y sus alrededores, donde está seguramente “perdido” viviendo la vida alegre. Lo cierto es que pese a haber intentado algo con Poppy, una linda practicante norteamericana, Frank ha desaparecido porque busca sacar algunas piezas de oro y piedras preciosas en complicidad con una mafia de traficantes de piezas arqueológicas.

Al llegar al Perú, Jill, que no quiere saber nada de hombres, menos si son gringos y arqueólogos tropieza de nuevo con la misma piedra y cae rendida frente al guapo y nobilísimo Dex Conroy, quien pese a que muere de deseo igual que Jill, no pasará de los escarceos interruptus hasta que se entera de que los papeles de divorcio están efectivamente firmados. Entretanto, la pareja aventurera –en especial Jill- deberá afrontar diversos intentos de asesinato por parte de los compinches de su exmarido, provocados con los viejos trucos de la flecha envenenada, el escorpión maligno, la araña peluda y hasta la roca gravitante (en pleno desierto).

Los personajes más curiosos son sin duda los peruanos. María Topol es una arqueóloga peruana –vieja y fea, claro- que está perdidamente enamorada de Frank y lo ayudará en todo con tal de consumar su amor de brichera intelectual. Y está el increíblemente diligente y angloparlante teniente Raúl Castillo, un policía peruano que no solo es apuesto y viril sino que además es capaz de conseguir refuerzos en lancha y hasta helicóptero con el propósito de desarticular a la banda de traficantes, que termina siendo capturada en una escena de acción con balacera en el aeropuerto incluida.

Y es que más allá de la ingenuidad, esta es una novela de acción y romance entretenida sobre todo si vamos pensando en todos los detalles que nos igualan a los mexicanos y nos separan de los gringos pues, pese a todo, a la larga no hay aquí ningún intercourse entre peruanas y norteamericanos.

Porque los gringos, por supuesto, vienen hasta ahora al Perú, como antes los españoles y hasta piratas como el famoso Francis Drake, atraídos por ese mineral precioso que ha causado fiebres desde el inicio de los tiempos y que han sido utilizados para fabricar chelines y ahora para incrementar nuestras reservas, que bastante las necesitamos.

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