Los tres feminismos

El feminismo es un movimiento ético y político esencial a la emancipación humana, pero que debe entenderse desde tres perspectivas articuladas de igualdad jurídica, diferenciación sin discriminación, y armonización de los polos femeninos y masculinos, para no caer en dogmatismos y autoritarismo.

La lucha por la igualdad entre mujeres y hombres es sin duda uno de los progresos éticos más importantes y revolucionarios de los últimos siglos, junto con la promoción de los Derechos Humanos y de la democracia. Ha pasado y pasa por diversas etapas según el contexto social y político que tiene que enfrentar, y según la situación de partida de las mujeres: no es lo mismo luchar por la dignidad de la posición social de la mujer en Noruega, Arabia Saudita o Perú. De ahí que las estrategias de los diversos feminismos difieren en vista a las características culturales de los movimientos militantes y las etapas de las respectivas luchas. Pero filosóficamente hablando, podemos distinguir tres grandes enfoques sobre cómo se debería entender al feminismo: Se puede considerar según un enfoque de igualación, de diferenciación, o de armonización.

El feminismo de la igualación es el más difundido y el más útil en situaciones de franca desigualdad jurídica entre mujeres y hombres. Se trata de hacer reconocer a la sociedad y los poderes políticos que la mitad de la humanidad tiene iguales derechos y deberes que la otra mitad, y que nadie, por haber nacido con características físicas particulares, puede ser considerado con menos atención y respeto. La igualdad jurídica entre ambos sexos es un combate de varios siglos que ha permitido también luchar contra todas las demás discriminaciones de raza, capacidad física, origen sociocultural, nivel económico, etc.

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Sin embargo, es muy importante recalcar que el feminismo de la igualación debe limitarse a la pertinencia de su dimensión jurídica (igualdad ante la ley y gracias a la ley) mas no empezar a reivindicar una absurda indiferenciación entre mujeres y hombres, como si la legítima igualdad jurídica tuviera que pagarse con la uniformización ontológica (negación de toda diferencia entre sexos). Es así como, en nombre de la igualdad, ciertas corrientes feministas radicales quieren acabar con toda diferencia e imponer a las mujeres una identificación con los hombres. Por ejemplo, feministas radicales de la corriente francesa, como Elisabeth Badinter, desprecian la lactancia materna en nombre de la igualación con los hombres y reivindican el derecho a ser malas madres. Se confunde aquí emancipación con rechazo a las diferencias biológicas entre sexos, en nombre de una igualdad decaída en uniformización. Al final, se aspira a un ideal masculino de mujer, sin senos, sin útero, y exitosa en un mundo laboral darwiniano.

Por lo que es importante para el movimiento feminista entender, asumir y practicar también el segundo enfoque, basado esta vez en la diferenciación sin discriminación entre los sexos. Desde esta perspectiva, se reconoce que, en ciertas dimensiones, existen diferencias biológicas entre mujeres y hombres que deben ser traducidas en respeto social, para que estas diferencias se puedan expresar libremente sin menosprecio, relegación y dominación. Este enfoque ahonda en el estudio científico de las especificidades de género y lucha por la valoración cultural de las diferencias y su cuidado. Articulado con la igualdad jurídica, dicho feminismo permite reconocer culturalmente necesidades específicas de las mujeres y reivindicar ciertas normas de cuidado específico.

Por ejemplo, la lactancia materna es un típico tema que, en el universo laboral competitivo, necesita legislaciones y medidas adaptativas específicas para que las mujeres que dan de lactar puedan conciliar trabajo con atención a sus bebés. Mientras el enfoque igualitario dogmático desprecia la lactancia, el enfoque diferencialista la valora y reivindica su legitimidad contra una estima social definida por patrones únicamente masculinos. El feminismo de la valoración de la diferenciación ha permitido muchos avances en temas de ética del cuidado y benefició a otros grupos sociales marginados con necesidades especiales (niñas y niños, pueblos originarios, minorías culturales, etc.). También ha permitido muchos avances en ciencias biológicas y antropológicas, articulando lo natural con lo cultural, como por ejemplo los trabajos de la norteamericana Sarah Blaffer Hrdy, quien resaltó que las diferencias biológicas de la madre lactante sólo se expresan si son apoyadas socialmente: necesitan del soporte de todo el entorno comunitario, incluso de los hombres, para poder expresarse culturalmente con naturalidad.

Pero, al igual que el feminismo igualador, el feminismo diferenciador puede caer en dogmatismos, cuando pretende imponer un modelo de conducta en nombre de diferencias naturales, o cuando utiliza el pretexto de la diferencia para proclamar una preferencia femenina contra los hombres. En este caso, se entra en un enfrentamiento ridículo entre sexos, el feminismo se vuelve voluntad de dominio con ánimo de revancha contra los hombres, y los varones “por naturaleza” se ven tildados de peligrosos machistas autoritarios. Contra estos excesos, hay que recordar siempre que el hecho de tener ovarios o testículos no otorga ningún mérito ni privilegio de por sí, y mucho menos determina el comportamiento de la persona. Si es fundamental que las mujeres puedan tener acceso a las más altas funciones políticas, es preciso reconocer que Churchill fue mucho mejor gobernante que Thatcher. Por lo que ninguna diferencia entre sexos debería erigirse en pretexto de discriminación, ni por un lado, ni por el otro.

Si igualación y diferenciación son dos feminismos necesarios, pero que tienen sus lados oscuros, es porque deben de ser complementados por el tercer enfoque de la armonización. Si el feminismo de la igualación es fundamentalmente jurídico-político, y aquel de la diferenciación más bien científico-cultural, el feminismo de la armonización es por esencia filosófico-espiritual. Ya no se fundamenta en igualar diferencias entre hombres y mujeres, sino en armonizar los polos femeninos y masculinos que toda persona, todo ser, todo proceso pueden tener. El referente más conocido para este enfoque es sin duda el Tao, y esta antigua sabiduría nos recuerda sin cesar que el movimiento del cual nacen las cosas viene de una diferenciación complementaria entre opuestos en mutuo engendrar permanente. Es preciso resaltar que las filosofías andinas y de otros pueblos originarios de nuestro continente se basan también en este mismo principio de un dualismo originario Yin-Yang, y no en la creación de todo por un único principio omnipotente.

Desde el principio de armonización de las diferencias entre polos opuestos pero complementarios, no existe más escala de valores, privilegio, dominación, separación tajante, sino mutualidad natural permanente. Este enfoque permite relativizar los conflictos hombres-mujeres en cuanto hombres y mujeres, y más bien entender el origen de los males y sufrimientos sociales en un exceso, un desbalance, un desequilibrio entre lo femenino y lo masculino en cada persona, en las relaciones sociales, en las instituciones, en los modos de pensar. Permite superar el prejuicio de que el feminismo es cosa de mujeres, porque en realidad, el feminismo es un proceso de sanación para todos, un esfuerzo de reequilibrar nuestra sociedad y nuestra alma enfermas por culpa de siglos de preferencia militar por un ser humano guerrero, dominador, jerárquico, amo y posesor de la naturaleza, sin límites ni cariño por sí mismo, los demás y el planeta.

El feminismo de la armonización entre lo femenino y masculino, representado por ejemplo en los trabajos de Joan Tronto, permite privilegiar la ética del cuidado y de la reparación del mundo como brújula política, desarrollar una sociedad ecológica rehumanizada y reequilibrada, atenta a los vínculos y su importancia vital para todas las dimensiones de la existencia. Abre la innovación hacia una economía regenerativa, es decir que descarta la explotación y teje nuevos lazos de mutualidad entre personas, territorios y el planeta entero. También tiene la ventaja de no enfrentar más hombres y mujeres, ni poner a los hombres en posición sistemática de acusados y verdugos, sino de proponer vías de superación del machismo, enfermedad tan difundida entre mujeres como entre hombres, a partir del vínculo sano con todas las dimensiones de la personalidad. El feminismo de la armonización nos recuerda que todos, hombres como mujeres, sufrimos de una sociedad que nos desarmoniza sin cesar, nos reduce a seres explotados y humillados que juegan roles humillantes.

Para concluir, el feminismo es un auge filosófico, político y social, eminentemente capaz de liberar a todas las personas y crear empatía activa por la vida. Pero sólo es fértil y sanador si sabe conjugar la igualdad jurídica con el amor a la diferenciación en un proceso armonizador, contra las posiciones dogmáticas segregacionistas que solamente enfrentan bandos encontrados. Nada bueno saldrá de un enfrentamiento en el que cada bando pretende tener toda la razón, echando toda la culpa al otro. El feminismo seguirá siendo un movimiento real de emancipación humana (y no sólo femenina) sólo si logra articular el legítimo pedido de igualdad con el reconocimiento de las diferencias, y la voluntad de armonización. Sino, decaerá como muchos movimientos políticos en un afán prepotente de dominio machista, no importa si con líderes mujeres u hombres.

 

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