Madurez en los procesos de integración en América Latina

Promover el desarrollo equilibrado y armónico, la cooperación económica y social, la generación de empleo, el posicionamiento en el comercio internacional y reducir el número de espacios realistas, son algunos de los objetivos de los procesos de integración que buscan el crecimiento de los países de la región.

Luego de culminar los procesos de independencia y desde que se llevó a cabo el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 en el que, entre otros, se pretendió la celebración de tratados de comercio entre los países de América Latina; se han impulsado innumerables iniciativas tendentes a consolidar relaciones políticas y comerciales entre los países de nuestro continente.

Es así que, a lo largo de casi dos siglos, hemos presenciado iniciativas de diversa índole que se expresan a través de las siguientes siglas: UP, OEA, ALALC, ALADI, SELA, CAN, AEC, CARICOM, MCCA, MERCOSUR, ALBA, OCCS, CELAC, UNASUR, AdP, ACTO, PROYECTO MESOAMERICA, SICA y últimamente, PROSUR.

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De esta lista, 18 pretenden, con mayor o menor intensidad, facilitar el comercio. Todas han surgido con la mejor de las voluntades y han intentado articular a países que poseen realidades económicas y sociales similares. Muchas surgieron como consecuencia de afinidades políticas circunstanciales y su declive surgió a raíz de los cambios de las administraciones. En otras palabras, los procesos de integración no corresponden a políticas de Estado que trascienden los gobiernos. En muchos casos reflejan modas que van acompañadas de discursos grandilocuentes.

No se debe olvidar que los procesos de integración apuntan a promover el desarrollo equilibrado y armónico, a la cooperación económica y social, a la generación de empleo y a posicionarnos en el comercio internacional. La lectura de sus tratados fundacionales pone de relieve que emplean lenguajes similares y, de alguna manera, todos señalan que su fin ulterior consiste en propender el mejoramiento del nivel de vida de sus habitantes.

Por ello, la integración no puede ser un proceso burocrático impulsado desde un escritorio, además de que no se debe marginar a los empresarios y a los consumidores. De esta forma, la retórica integracionista que expresa la coyuntura de algunos gobiernos debería valorarse con pinzas. El ejemplo más palpable son el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y la UNASUR (Unión de las Naciones Suramericanas).

Cabe agregar que la participación de nuestros países en estos foros conlleva el desembolso de millones de dólares que son pagados por los impuestos de los empresarios y ciudadanos, a quienes, como se ha señalado, los relegan de los procesos decisorios.

Dicho esto, cabe preguntarse qué es lo que se tiene que hacer. La respuesta es muy sencilla: identificar superposición de objetivos y reducir su número a espacios geográficos realistas. Ello debe ir acompañado de una valiente y generosa consolidación de su institucionalidad, la misma que debe marginarse de nacionalismos irrazonables. El ejemplo de la Unión Europea a través de los Estados marca el derrotero.

En efecto, desde la caída de Imperio Romano, Europa se atomizó en muchísimos Estados, los mismos que por más de mil años guerrearon entre sí con objeto de incrementar espacios donde hacer negocios. La consolidación territorial del Siglo XIX también generó guerras que llegaron a su cénit en la primera parte del Siglo XX con las dos guerras mundiales. Los tratados de paz, amistad, límites y comercio que se habían suscrito anteriormente, debido a la falta de supranacionalidad, probaron que los mismos no tenían efecto real.

Por ello, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Jean Monnet, Robert Schuman y, en alguna medida, Winston Churchill, concibieron que la mejor manera de preservar la paz era a través de la integración económica. Estos prohombres dejaron de lado rencores históricos, diferencias políticas y visiones de la economía, para forjar los cimientos de las diversas comunidades europeas que, finalmente, se fusionaron en la Unión Europea que tanta prosperidad ha generado para sus habitantes y, sobre todo, ha establecido un período de paz por más de 70 años. Algo absolutamente inédito en cientos de años.

Se pueden imaginar, a nuestra América Latina y El Caribe unificada en pocos procesos y, en lo atinente a Perú, integrado a través de una Comunidad Andina relanzada junto con Panamá, Venezuela (libre), Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina. Casi todos compartimos los Andes, además de una historia común que se remonta al Imperio Incaico o a la hispanidad.

¿Habrá visión, madurez y generosidad?

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