Culpar para no ver nuestra responsabilidad en los problemas del país

Cuando surge un problema en este país, preferimos acusar a aquellas personas que no pertenecen a nuestro grupo social y político para evitar ver nuestra propia responsabilidad.

Esta semana despertamos con la instalación de una medida apresurada: estábamos en toque de queda de 24 horas y nuestra planificación diaria debía suspenderse. Pero, además, la problemática social, acusada desde diferentes frentes del país en el paro de transportistas, no solo no se veía mínimamente solucionada, sino que probablemente, como pasa mutatis mutandis en este país en los ámbitos que lo componen, se inflamaría por una decisión irrazonable, pero ignífera. La crítica no se hizo esperar, todas y todos nos volvimos politólogas y politólogos, y dos sentencias, que se mantenían tácitas y se musitaban en algunos rincones, se volvieron manifiestas: «¿Dónde están los “cojudignos” ahora?» y «No habríamos llegado a este punto si no fuese por la culpa de la DBA». Con estos reproches, se imputó a un grupo de la población que decidió votar por el actual presidente luego de que su ética no le permitiera elegir a Keiko Fujimori y a otro sector que siempre simpatizó en las urnas con los partidos políticos de derecha. La discusión, como siempre, no solo se dio en la esfera política, que más que grupo de trabajo en pos de una solución se asemeja a un juzgado en el que se sienta en el banquillo del acusado a quien se considera un «enemigo político», asimismo, transcendió hacia el ámbito familiar, laboral, amical, etc.

Esta reacción ante un conflicto es una forma bastante universal de hacerle frente a un impasse y es, sobre todo, un modismo muy peruano. Estamos habituadas y habituados a señalar con el dedo al otro para no ver nuestra propia responsabilidad en el recrudecimiento de un problema. Si se agujera una tubería troncal que abastece con agua potable a gran parte de la población, no nos apresuramos a taparla con los recursos que tenemos, más bien miramos a nuestro alrededor para inculpar a quien no percibimos como parte de nuestra comarca social, a ese otro ajeno que no pertenece a nuestra jurisdicción consanguínea. Mientras el agua se pierde y, con ello, también se pierde el bienestar de una sociedad, nos entrampamos en la dinámica de la incriminación porque nos es más importante evitar sentir tristeza, ira, miedo, culpa o vergüenza por ser partícipes de la contrariedad, por tener responsabilidad en el contratiempo.

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Nuestro cerebro, órgano que evolutivamente experimenta con displacer estas emociones, ha aprendido culturalmente que una estrategia para desligarnos del arremetimiento de la culpa o la vergüenza, por ejemplo, es negar el compromiso propio y buscar esforzadamente miembros de otros grupos sociales para dotarlos de responsabilidad. Irreflexivamente —porque convengamos que lo más reflexivo sería unirnos para, con el aporte de todas y todos, encontrar una solución rápida, efectiva y sostenible a los problemas que van surgiendo en el país—, le damos carta libre a ese mecanismo de defensa para que nos gobierne, todo con tal de que nos libere de la carga emocional, que de paso no hemos aprendido a gestionar (y esto también es una tara cultural). En cuestión de milisegundos, nuestro cerebro decide que nos será más beneficioso protegernos que darle fin a un tropiezo colectivo, atrincherarnos en vez de integrarnos para encontrar una resolución. El claro óbice es que, y me ciño al ejemplo de la tubería, el agua se seguirá perdiendo, el problema se prolongará quizá acrecentado y nosotras y nosotros solo nos habremos enfrentado como viejos púgiles en un cuadrilátero imaginario.

Esta estratagema la utilizamos en el ámbito político y, del mismo modo, ante cualquier dificultad en nuestras vidas. Es por ello que salir de este sistema defensivo requiere de una diligencia continua, de una faena casi diaria. Partamos por aceptar que esta es la modalidad que ponemos en práctica cada vez que asoma un escollo, no para culparnos y lapidarnos, sino para ser conscientes de qué es lo que debemos cambiar. Aunque parece ser una tarea sencilla, realmente es la más difícil de todas, dado que implica reconocer nuestra responsabilidad en el uso una estrategia maladaptativa, lo que nos puede hacer sentir emociones displacenteras que hemos preferido ignorar. Una vez que hayamos logrado este hito, podemos avanzar un poco más: cuando observemos un problema que nos comprometa (p. ej., la política), en lugar de identificar culpables y elaborar grandes razonamientos acusatorios, elijamos analizar los pormenores del percance para poder generar soluciones adecuadas. Únicamente así podremos escapar de esa fuerza centrípeta de la dinámica de la incriminación.

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