Decir «Sé fuerte» no funciona

Existe una creencia errónea que nos invita a pensar que los síntomas de los trastornos psiquiátricos o el malestar emocional sostenido se pueden aliviar mediante la fortaleza o voluntad de la persona.

Existe una creencia que nos invita a pensar que los síntomas de un trastorno psiquiátrico o el malestar emocional sostenido se pueden aliviar mediante la omnipotencia de la voluntad y la fortaleza. Naturalizada y mantenida hasta esta parte de la historia, lo que dicta enérgicamente es que toda persona, sin distinción epigenética (sin importar su predisposición genética en férreo lazo con sus experiencias de vida), puede reducir sus dolencias afectivas continuas o síntomas psiquiátricos al «poner de su parte» y «ser fuerte». Es por ello que, como una onda expansiva, la recomendación «Sé fuerte» ha llegado a todos los rincones y se oye tan fuertemente como las promesas de la campaña municipal.

Pero creer que los trastornos psiquiátricos, como la depresión o la ansiedad, o el malestar emocional que no cesa pueden solucionarse con la «todopoderosa» fortaleza es un formidable error. Es un equívoco tan grande como pretender la curación de un paciente con un dolor insistente en la pierna, a causa de daños en las proyecciones que inervan la zona, únicamente a través de un ánimo revitalizador. El paciente puede tener una gran motivación, pero no es ese estado afectivo per se el que lo curará, porque convengamos que los nervios no se regenerarán a través de pensamientos positivos. Precisa de un plan de tratamiento que ahonde en la causa de su dolencia, esto es, requiere de un apoyo profesional especializado. Lo mismo sucede con las personas que están atravesando por un padecimiento emocional continuo o experimentando síntomas de un trastorno psiquiátrico: deben ser evaluadas y tratadas por un profesional de la salud mental.

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¿Es que los trastornos psiquiátricos se asemejan a una enfermedad física? Aunque son entidades con cualidades propias, comparten, con las enfermedades físicas, características orgánicas que se asientan en el cuerpo, específicamente, en el cerebro. Se sabe, por ejemplo, que los trastornos psiquiátricos, si bien disímiles entre ellos, parten de una dificultad cerebral para regular pensamientos, emociones y comportamientos. Dicho de otro modo, si bien cada trastorno psiquiátrico presenta su propio conjunto de síntomas, una de las causas más importantes son los inconvenientes que tiene el cerebro para, en un momento dado, «elegir» el contenido de sus pensamientos, la valencia de sus emociones y los atributos de las conductas —este es solo uno de los factores cerebrales que influyen en la presencia de trastornos—. Por esta razón, insistentemente, se cuelan pensamientos indeseados y emociones displacenteras de gran intensidad que generan comportamientos pertinazmente inadecuados (por ejemplo, en los trastornos psiquiátricos de índole emocional, la persona sufre la arremetida perseverante y vehemente de emociones displacenteras, como la tristeza, el miedo, la ira, la culpa, la vergüenza, etc.). Y debido a que es el cerebro el órgano que presenta esta gran avería, la persona con síntomas psiquiátricos está a merced de su padecimiento hasta recibir ayuda profesional, de la misma forma que un paciente con un músculo cardíaco débil debe soportar fatiga, falta de aliento, latidos irregulares, entre otros síntomas hasta contar con un soporte médico cardiológico.

Precisamente por esta condición física de los trastornos psiquiátricos es que aquellos eslóganes que nos brotan con la facilidad con que se nos da caminar, como «Todo depende de ti» o «Pon de tu parte», están lejos de funcionar y de ayudar a las personas que vienen padeciendo algún tipo de dolor emocional. Es como si tratásemos de unir dos segmentos de piel mediante palabras y signos lingüísticos para que se produzca la cicatrización. Algo similar ocurre con los trastornos psiquiátricos: a través de imposiciones gramaticales no van a gestarse cambios neurofisiológicos (p. ej., una mayor regulación cerebral de los pensamientos, las emociones y los comportamientos) que den por terminado el curso del trastorno o el síntoma psiquiátrico. Para que una constitución cerebral se transforme, es indispensable el abordaje integral de un profesional de la salud mediante terapia psicológica y, posiblemente, tratamiento farmacológico. Únicamente así se podrán materializar los cambios cerebrales necesarios para el alivio sintomático.

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