La otra ruta | Florecer en el desierto

Los niños y niñas de Nueva Villa, en Nasca, aprenden francés e inglés con la vista puesta en un futuro laboral vinculado al turismo en la zona.

Nasca es una ciudad de más de 40,000 habitantes que ha crecido en medio del desierto. | Fuente: La otra ruta

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

Más allá del árbol, la araña, el mono, la ballena y todas esas enigmáticas figuras que solo se pueden apreciar en su verdadera dimensión desde una avioneta, Nasca es una ciudad de más de 40,000 habitantes que ha crecido en medio del desierto. Sus barrios más recientes, como es el caso de Nueva Villa, en el distrito de Vista Alegre, se extienden hacia unas montañas rojizas y secas, donde el viento sopla por las tardes y el sol hierve durante el día.

Marie Thérèse Martínez, una mujer sin edad con una profunda vocación por la enseñanza, eligió este escenario para poner la primera piedra de la escuela Nuestra Señora de la Salette, donde 141 niños y niñas, además de seguir el currículo nacional, reciben clases de francés e inglés con la vista puesta en un futuro laboral relacionado al creciente turismo en la zona.

Los profesores de idiomas son voluntarios extranjeros, como es el caso de Raphael de Potter, francés de 28 años, quien lleva 2 meses en el puesto y tiene planeado quedarse un año. “Buscaba un proyecto que me llenara el corazón”, dice, “y descubrir otro entorno, otra manera de hacer las cosas, otras exigencias, otra cultura y otros alumnos”.

Como él, son muchos los voluntarios atraídos por el proyecto educativo que Marie Thérèse Martínez, francesa de nacimiento y educadora de profesión, emprendió hace 9 años en Nasca.

Llegada al Perú

Marie Thérèse llegó como turista en febrero de 1992. El Perú era un país que despertaba su curiosidad, pero solo conocía por los libros. La realidad le resultó mucho más complejo que en el papel.

Al volver a Francia creó la asociación Enfants des Andes para recolectar fondos y volver al Perú con un plan. En setiembre del mismo año llegó a Villa María del Triunfo, donde implementó un comedor popular y una posta para abastecer de hidratantes a los niños víctimas de la epidemia del cólera.

Al verla tan entusiasmada, uno de sus dos hijos, que entonces tenía 20 años, le dijo que tenía dos posibilidades: ponerse las pantuflas y esperar su jubilación o emprender una nueva vida. Diez años después de su primer viaje como turista, Marie Thérèse aterrizó en Tingo María y construyó una aldea infantil para niños huérfanos, abandonados, niños que vivían lejos de su lugar de estudios o que simplemente no tenían a un adulto que los supervisara durante el día. Actualmente, en la aldea de Tingo María habitan 40 niños y niñas.

Nasca es su segundo gran proyecto en el país bajo el amparo de la asociación Enfants des Andes. La elección del lugar también tuvo que ver con una visita turística. “Quédate a enseñar francés”, le dijeron. El alcalde de entonces era maestro y accedió a cederle un terreno con la condición de que empezara a construir en menos de 5 años. Marie Thérèse inició la construcción en 5 meses.

“Nasca fue un cambio total. Acá no hay color, por tal vez por eso me visto de tantos colores. Me gustan los cerros cuando se pone el sol y el aire tan puro, frío y seco”, dice del lugar donde ha construido una escuela, una estancia para los voluntarios y su propia casa, rodeada de arbustos y flores que sufren para brotar, pero luego se mantienen alegres gracias a sus cuidados.

A su lado siempre está Soledad Soto (30 años). Ella llegó a vivir al albergue de Tingo María cuando tenía 16 años. Marie Thérèse la considera su hija y Soledad le dice mamá. Ahora es profesora y se encarga de las labores administrativas de la escuela, además de trabajar como guía turística en francés.

Y luego están los profesores locales, como Diana Espinoza (27 años), quien recibe la visita de su marido y su bebé de cinco meses durante el recreo para que pueda darle de lactar. “Yo enseño a los niños de inicial”, dice, “y aquí los niños tienen una mejor vida”.

Un día de clases

De las paredes de la clase de primero de secundaria cuelgan imágenes de Van Gogh, de París, lemas motivadores sobre el valor de las diferencias o características de distintas religiones. Es la hora de la clase de arte y los alumnos moldean figuras irreconocibles con el barro.

Fuera, un halo de luz circunda el sol y los chicos y chicas aprovechan el fenómeno meteorológico para salir de la clase y elucubrar teorías extraterrestres. Marie Thérèse alimenta sus fantasías. Con algunos de ellos ensaya una adaptación teatral de El principito en francés.

“Otro de nuestros proyectos”, dice, “se llama Lectura en la calle. Olinda es una señora excepcional que viene de otro barrio, mucho más lejos, para leer por las tardes en la plaza con los niños. Ellos han mejorado su comprensión lectora. Algunos chicos no conocían otros libros que no fueran los de matemáticas”.

En la escuela cuentan con clases de inicial, primaría y dos salones de secundaria. Cada año, Marie Thérèse construye un aula nueva y en 3 se graduará la primera promoción de alumnos con francés e inglés como segundas lenguas. Marie Thérèse también tiene previsto construir un centro de salud, aunque los donantes franceses han menguado en los últimos años y cada vez es más difícil adquirir los fondos necesarios para mantener la aldea y la escuela.

A pesar de la falta de recursos, su ánimo no decae. “Yo tengo la facilidad de que me siento feliz donde estoy. Siempre hay algo bueno y algo que me gusta”, dice Marie Thérèse con ese optimismo que se proyecta en las paredes coloridas, en las flores que brotan en el desierto y en las aulas donde los niños parlent en français.

“Que una parte de la infancia sea buena, te puede alegrar la vida después”, dice.

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