Conoce este proyecto que busca proteger el distrito de Lobitos. | Fuente: RPP Noticias

Por: Verónica Ramírez Muro

Fotos: Morgana Vargas Llosa

Es mentira que el tiempo transcurra a la misma velocidad en todas partes. En Lobitos depende de las crecidas y de cuál ola reventará mejor esta mañana: quizás sea Piscinas, Generales, Baterías o El Hueco.

A primera hora los tablistas entran al mar y los pescadores atracan sus embarcaciones cada vez menos cargadas de caballa, cabrilla, liza o mero después de haber faenado desde la madrugada.

A mediodía el tiempo se detendrá bajo un sol poderoso y las calles, protagonizadas por construcciones de pino arrasadas por el paso del tiempo, se vaciarán de personas. La actividad quedará suspendida bajo las sombras de este lugar a ratos parecido a la escenografía abandonada de una vieja película de vaqueros.

Lobitos, actual paraíso de tablistas con olas de importancia mundial y, desde siempre, caleta de pescadores. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

A Lobitos, el distrito de Talara con un promedio de 8,500 habitantes, llegaron cuatro amigos de la infancia en un viaje de reencuentro para buscar las mejores olas de sus vidas. Las encontraron y, al salir del mar, descubrieron un lugar que fue campamento petrolero a principios del siglo XX y villa militar en los sesenta, actual paraíso de tablistas con olas de importancia mundial y, desde siempre, caleta de pescadores.

“Nos enamoramos del lugar y, como dijo Cousteau, la gente protege lo que ama”, dice el ingeniero ambiental Michael Alderson (32), uno de los cuatro fundadores de EcoSwell, que desde 2013 diseña e implementa proyectos socio-ambientales y educativos en Lobitos con el objetivo de mejorar la calidad de vida de sus pobladores. “Si no se protege muere la esencia, la belleza del lugar desaparece y la gente que inicialmente vivió ahí sale perdiendo debido a la degradación ambiental”, dice.

Lobitos, en el distrito de Talara, cuenta con un promedio de 8,500 habitantes. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

EcoSwell también está formado por Diego Almendrades (31), Andrés Bustamante (32) y Alejandro Pizarro (31). Ellos cuentan con un centro de operaciones en una de las casas originalmente construidas para albergar a los militares que ocuparon la zona después de la explotación petrolera, durante el gobierno de Velasco Alvarado,
y –aunque la mayoría de viviendas ahora están habitadas por civiles y no militares- todavía se mantienen bajo la administración de la Primera Brigada de Caballería del Ejército.

“Cuando llegamos empezamos a identificar a todos los actores locales para ver qué podíamos hacer. Comenzamos a viajar a Lobitos, pero nos dimos cuenta rápidamente que no había continuidad. Si queríamos generar un impacto teníamos que estar ahí. Pusimos una fecha, 28 de junio, y nos fuimos para allá. Y nuestro primer contacto fue, claro, con el gremio de pescadores”, recuerda Andrés, especializado en Marketing y Relaciones Públicas.

“Al principio la comunidad pesquera tenía rechazo. En muchas ocasiones, personas que vienen de lejos han ayudado un ratito y quizás han querido llevarse más de lo que podían. Hemos tenido muchas reuniones, familia por familia, persona por persona, para brindar algo positivo”, comenta Alejandro Pizarro, sociólogo de formación.

Al poco tiempo de su llegada consiguieron un panel solar para el salón comunal del gremio de pescadores. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Al poco tiempo de su llegada consiguieron un panel solar para el salón comunal del gremio de pescadores y también un biodigestor para tratar el agua. Colgaron tablas de mareas para mejorar la productividad e iniciaron campañas de asesorías para que los pescadores puedan formalizarse.

Lentamente, los EcoSwell empezaron a pertenecer, a formar parte de un universo cerrado, donde los protagonistas de un lugar privilegiado por la naturaleza y golpeado por la realidad habitan en espacios compartimentados: los petroleros por un lado, los militares por otro, los tablistas sobre las olas y los pescadores en altamar. EcoSwell llegó con la intención de tender puentes y contribuir al desarrollo sostenible de Lobitos.

Pasados tres años desde su llegada, van por buen camino: los tablistas locales –y esto es una ley tácita en toda playa que se jacte de buen surf- les ceden el derecho de montarse al tumbo esperado para poder correr la mejor ola. EcoSwell ya es de Lobitos.

EcoSwell llegó con la intención de tender puentes y contribuir al desarrollo sostenible de Lobitos. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Un día en la casa de EcoSwell

La casa de EcoSwell tiene algo de cuartel general por la forma en que trazan estrategias, cifras y metas en los paneles y pizarras que cuelgan de las paredes. También algo de laboratorio cuando ves a los voluntarios de Estados Unidos y Reino Unido implementar sus proyectos con una meticulosidad quirúrgica. Y, al mismo tiempo, es un espacio de convivencia respetuosa, donde los anfitriones y los voluntarios han generado unas dinámicas de distribución de las funciones del hogar: todos participan en las labores de reciclaje, cocina, y limpieza, además de imponerse metas para cumplir los proyectos en curso.

Hoy, por ejemplo, la ingeniera norteamericana Claire Morrison (21 años), ultima los ajustes necesarios para poner en marcha el baño seco que ha construido y con el que busca obtener compost. Es un prototipo que, con el tiempo, le gustaría replicar en baños públicos.

El físico irlandés Louis Deacon (24 años) ha recibido el testigo del sistema de irrigación aeropónica que EcoSwell ya implementó meses atrás con la ayuda y experiencia de otros voluntarios. Este sistema, desarrollado originalmente por la NASA, permite cultivar a mayor velocidad y con menos agua que los métodos tradicionales.

Los voluntarios aplican por la página web y especifican qué buscan desarrollar. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Mientras tanto, Diego y Alejandro vigilan los primeros brotes de las plantas y árboles que siembran con el fin de enverdecer Lobitos y comparten impresiones con el tercer voluntario, el economista y filósofo inglés Hugo Forster (23), que ha venido seis semanas para encargarse del sistema de desalinización de agua marina.

“Los voluntarios aplican por nuestra web y especifican si quieren hacer su tesis, desarrollar su propio proyecto o trabajar en nuestros proyectos ya existentes. Necesitamos todas esas manos. Ellos vienen y les damos una gran responsabilidad. Tenemos una relación muy sólida con los voluntarios. Los que pasaron por aquí en años anteriores nos apoyan todavía”, explica Michael sobre la afluencia de universitarios o recién egresados que buscan realizar trabajo de campo, lejos de las aulas y, de ser posible, en un lugar remoto que también les sirva de experiencia vital.

En sus ratos libres salen a dar un paseo por los restos de la ciudad que construyó la Lobitos Oilfield Limited hacia 1900. Cuesta imaginar que en la polvorienta plaza central algún día existió el primer cine de Sudamérica, pero puede adivinarse en los esqueletos de las construcciones todavía en pie que en algún momento hubo una vida rica en ese lugar, colegios, comercios y un trajín de hombres de lengua inglesa dirigiendo la extracción de petróleo de las costas de Lobitos.

Prácticamente todas las viviendas de aquella época de esplendor económico fueron desmembradas. Se robaron la valiosa madera con la que fueron construidas y el antiguo campamento petrolero se transformó en un pueblo fantasma. En octubre de 2008, el Instituto Nacional de Cultura declaró Patrimonio Cultural al conjunto arquitectónico. La resolución llegó, evidentemente, tarde. El tiempo no transcurre a la misma velocidad en todas partes.

Primavera es uno de los barrios donde se concentra el mayor número de pescadores lobiteños. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

El barrio de los pescadores

Primavera es uno de los barrios donde se concentra el mayor número de pescadores lobiteños. Juan Eche tiene 70 años. Es un hombre fuerte y curtido por el sol que le endureció la piel y le deterioró la vista hasta casi perderla. En su casa, con la puerta abierta de par en par, recuerda historias de pescadores avezados que se internaban en el mar y sacaban merlines de 800 kilos.

“Ahora ya no hay tanto pescado. Se van lejos. No cuidan el mar y los jóvenes ya no quieren trabajar de pescadores. Prefieren ser serenazgos”, dice.

Su esposa, René Porras (60) sale al huerto a recoger algunos tomates, ajíes y albahaca para el almuerzo. Los niños juegan fulbito alrededor de la ponciana, que brota espléndida al lado del algarrobo y el palo negro. Alrededor de la pequeña plaza se amontonan redes de pescar. Los hombres duermen la siesta y Juan Eche, ya jubilado del mar, sintoniza la radio para escuchar las noticias del día.

Uno de los ejes del proyecto es involucrar a la comunidad para crear espacios públicos verdes. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

René elige los mejores tomates para el encebollado que acompañará la cojinova frita. Ella fue una de las primeras mujeres en recibir a EcoSwell y acceder a los planes de enverdecer, reforestar y conservar la diversidad de Lobitos; una de las primeras en adoptar árboles y regarlos con sus propias aguas residuales.

Uno de los ejes del proyecto es involucrar a la comunidad para crear espacios públicos verdes. “Las mujeres de Lobitos toman las riendas de su desarrollo, generan espacios públicos dentro de los barrios, crean sombra en un clima tan caluroso y reutilizan sus recursos domésticos”, explica Diego, el ingeniero industrial de EcoSwell.

EcoSwell también tiene en marcha un proyecto para reforestar el bosque seco con algarrobos, zapotes y faiques y así unirse a las campañas de conservación del cortarrama, el ave local en serio peligro de extinción. También existe el deseo que los proyectos turísticos e inmobiliarios respeten la naturaleza y que el modelo de desarrollo de Lobitos se pueda replicar, con suerte, en otros lugares del Perú.

EcoSwell también tiene en marcha un proyecto para reforestar el bosque seco con algarrobos, zapotes y faiques. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

En lo alto de una montaña se ubica La Casona, que fue construida por los británicos a principios del siglo XX como residencia del gerente de la compañía petrolera. En los años sesenta pasó a ser la casa oficial de los altos cargos militares y ahora es un hostal para viajeros de todas partes del mundo que han animado sus muros e interiores con coloridos graffitis.

Desde aquí, el viento sopla con particular fuerza y se alcanza a ver la inmensidad del mar, las plataformas petroleras que sirven como parque de diversiones para los lobos de mar y el muelle rodeado de las pequeñas embarcaciones que alimentan a la población.

En un futuro ideal, en una suerte de tercera era lobiteña, la cortarrama volvería, el bosque seco sería un atractivo turístico y la comunidad disfrutaría de huertos y espacios públicos con sombra. EcoSwell trabaja para que el tiempo, que en este lugar transcurre en función de la fuerza del sol y de las olas, decida a favor de Lobitos.

EcoSwell cuenta con un centro de operaciones en una de las casas originalmente construidas para albergar a los militares que ocuparon la zona después de la explotación petrolera. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa
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