La responsabilidad del profesional universitario

Cuando la sociedad peruana se debate en una encrucijada ética, ante las graves consecuencias de la corrupción, cabe una reflexión sobre el sentido de la formación profesional, a veces limitada solo a sus aspectos técnicos.

Aldo Vásquez

Aldo Vásquez

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En los días que corren, cuando la Superintendencia Nacional de Educación Universitaria ha puesto en cuestión la calidad de la formación que se imparte en una serie de centros de estudios superiores, y cuando la sociedad se debate en una encrucijada ética ante las graves consecuencias de la corrupción  —que alcanza a profesionales destacados en los campos de la política, la empresa, la judicatura y la prensa—, cabe una reflexión sobre el sentido de la formación profesional, a veces limitada solo a sus aspectos técnicos.

La naturaleza de la profesión, según Antonio Peinador en su Tratado de Moral Profesional, supone la aplicación racional de parte de la actividad del hombre al logro de fines fundamentales de la vida humana. Desde esta perspectiva, no califica como profesión el simple ejercicio de una actividad, en contraprestación de un estipendio económico, sino que se le demanda, también, servir a los fines fundamentales de la vida de las personas. Solo puede asignarse la condición de profesión a aquellas actividades que responden a propósitos verdaderamente humanos.

La condición de profesional universitario trae consigo una posición preeminente en la sociedad, que determina una capacidad de influir en el mundo. | Fuente: Freeimages

La condición de profesional universitario trae consigo una posición preeminente en la sociedad, que determina una capacidad de influir en el mundo, lo cual conlleva, como contraparte, responsabilidades particulares, que constituyen la ética del profesional. Adela Cortina, en El sentido de las profesiones,se ha referido a los alcances de la actividad profesional, que trasciende el propósito de garantizar la subsistencia de quien la ejerce, al plantear metas para sí misma: el cuidado de la salud, la información de los ciudadanos o el progreso científico. Hay, desde la perspectiva de la autora, un ethos profesional caracterizado por el servicio a los demás, como ocurrió con las primeras profesiones: el cuidado del alma (sacerdotes), el cuidado del cuerpo (médicos), el cuidado de la relación social (juristas).

Este servicio a los demás en el ejercicio de una profesión demanda un compromiso que proviene de la vocación. Este término, en su origen etimológico, deriva de la palabra latina vox. Se alude así a la voz interior, que convoca a la práctica de una actividad. Esa vocación es expresión de la propia personalidad, del ser íntimo del individuo. El responder positivamente al llamado, a la vocación, implica el compromiso de atender a las expectativas de la sociedad sobre la conducta del profesional. Se espera de él una ética de servicio, que prevalezca sobre el interés propio. El ejercicio de una profesión implica competencia técnica, pero también moral.

No toda la población posee las mismas oportunidades de ingreso a los estudios universitarios y a la posición de privilegio que otorgan. Esta circunstancia comporta también una obligación de reciprocidad con la sociedad, que invierte recursos materiales en la formación de sus jóvenes más destacados. El profesional debe retribuir el esfuerzo de la comunidad con su trabajo diligente y comprometido con el bienestar de las personas.

Son profesionales notables los que han quebrado la confianza ciudadana en las instituciones. La Universidad no puede evadir su propia responsabilidad en la educación de aquellos. Si queremos una sociedad distante de la corrupción, la formación en valores y la creación de una conciencia de ciudadanía han de ser componentes medulares en el quehacer universitario. 

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