Tráfico colérico

Vivimos diariamente en un caos vehicular que poco a poco nos lleva a abandonar nuestros principios y llevarnos a una violencia desmedida. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué podemos hacer al respecto?

Franco Granthon

Franco Granthon

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Cada vez que Mateo se despierta en la semana, repite varias veces en su mente, que será un buen día y que traerá oportunidades para poder lograr sus objetivos. Frases que lo hacen sentir mejor y le dan motivación para empezar la semana de la mejor manera. Lamentablemente, llega al trabajo luego de haber pasado una hora y media atrapado en el tráfico limeño, llega con “mala cara”, molesto, renegando entre dientes y con ganas de gritar a cualquier persona que se le cruce por delante.

En una encuesta realizada aproximadamente a 1900 personas mayores de 18 años (LIMA COMO VAMOS, 2018), se pudo determinar que el transporte en Lima es considerado el segundo problema que más afecta a la calidad de vida de sus habitantes. Asimismo, más de tres cuartas partes de los encuestados se movilizan en transporte colectivo, dedicándole muchas horas del día a esta actividad.

Dos emociones suelen aparecer mientras nos movemos de un lado para otro en la capital, la ira y la ansiedad (o el estrés). Esta última es entendible, ya que el proceso de movilización es usualmente desagradable. La bulla se desborda como un río acaudalado, mientras que se intenta no sucumbir frente a las agresiones de otros choferes transformadas en trasgresiones de normas. Llegar tarde es lo que menos nos preocupa frente a los distintos peligros de esta jungla de asfalto y carrocerías.

El tráfico vehicular y la cólera es una pareja que coquetea junta desde hace muchos años.

La cólera es más riesgosa. Según la teoría de la psicología cognitiva (Aaron Beck) esta emoción se activa luego de un pensamiento que incluye el verbo “debería” en cualquiera de sus dimensiones. “Debería dejarme pasar”, “debió hacer su luz direccional”, “debería mantener su carril”, “el chofer del bus no debería ir tan lento o tan rápido”, “esa combi no debería parar en plena calle, debería detenerse en el paradero”, entre otros más. Cuando un “debería” se rompe, cuando alguien no cumple con alguna de mis reglas mentales, la cólera se despierta como un depredador con hambre en búsqueda de su víctima.

El tráfico vehicular y la cólera, es una pareja que coquetea junta desde hace muchos años.

Sin embargo, la cólera no es el problema más complicado. La situación se pone insostenible cuando dicha emoción quiere salir y convertirse en una agresión. La pulsión de muerte (Sigmund Freud) – “Tanatos” – es una fuente energética que necesita que le den atención, ya que de no ser abordada, se convertirá en acción rápidamente. Es en esos momentos, en donde vemos por la calle peleas entre choferes furibundos, caballeros que empuñan sus llaves de tuercas u otros fierros como si fueran sus espadas de guerra. No es extraño encontrar, señores que amedrantan a otros, enseñando pistolas a través de la ventana.

Todo se complica más, si existe en la sociedad, desesperanza de una entidad justiciera capaz de ayudarte a que todo se resuelva correctamente. Si no confías que las entidades públicas impartirán orden justo, sentirás una frustración mayor y aparecerá la necesidad de impartir justicia por tu propia cuenta. Nos convertimos en jueces y fiscales de nuestro propio juicio. Nos sentimos agredidos, nos sentimos coléricos y esta emoción será determinante a la hora de dar nuestro veredicto.

¿Qué hace la sociedad mientras espera una reacción certera de los encargados del orden y la justicia?

Diariamente entramos a este mundo caótico vehicular con una predisposición construida por las malas experiencias y con un ambiente lleno ingredientes necesarios para convertirnos en una bomba andante. Solo mediante una mayor confianza en las entidades de justicia y orden frente al agravio, es que esta sensación de impotencia disminuirá. Mientras tanto, el reclamo cibernético, las fotografías y el rechazo social virtual; se convierten en otras formas de desfogue emocional más “aceptadas” y que permiten a la víctima exponerse menos a una situación de peligro. Pareciera menos agresivo, pero no es así.

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