La COVID-19 como desafío para la empresa

La COVID-19 es un desafío vivo y concomitante para toda la humanidad. Todos los actores sociales son compelidos a una respuesta inmediata. Estado y la sociedad civil. Pero, ¿qué hay del sector empresarial? ¿Está respondiendo con integridad a la crisis?

Para la filosofía política seria, que se ejercita sin concesiones en la crítica radical de los valores y fundamentos que soportan la forma de vida humana contemporánea, tal como hemos llegado a labrarla y constituirla en su configuración actual, el capitalismo neoliberal representa, con toda claridad, la claudicación de la sociedad moderna del esfuerzo y la voluntad por construirse como comunidad y, por lo tanto, también la renuncia de la comunidad a su labor más esencial: el cuidado de lo humano y la gestación de las condiciones de posibilidad para el despliegue y el desarrollo de sus virtualidades.

Sometidos como están el Estado, la comunidad y el individuo a la feble falacia de que la libertad de empresa irrestricta e ilimitada es la fuente única productora de riqueza, no solo renuncian al cuidado de lo humano, sino que, antes bien, se alían a la lógica perversa del capital en la tarea de reducir lo humano a su mínima expresión: aquella que solamente sirve para producir riqueza entendida en el sentido más chato del término, es decir como pura mercancía. El trabajo tiene menos valor que la mercancía. Luego, en buena cuenta, toda iniciativa por proteger y garantizar los derechos de la clase trabajadora es vista, desde esta perspectiva, como una amenaza subversiva y contraria a los intereses del capitalismo neoliberal. El ideal supremo de esta versión sin caretas del capitalismo a ultranza es el trabajador sin derechos.

| Fuente: Andina

La aparición y la expansión de la COVID-19 ha puesto en evidencia cuán endeble y poco creíble es esa falacia que pretende ocultar la explotación del hombre por el hombre como fundamento y valor supremo de la sociedad capitalista. Ahora como al inicio de la Revolución Industrial hace dos siglos, las masas trabajadoras, despojadas de humanidad, siguen estando desposeídas y desprovistas de sus derechos básicos más esenciales y son sistemáticamente reducidas a mera fuerza de trabajo enajenada, mecánica y desafecta: larguísimas jornadas de trabajo, salarios miserables y lógicas clientelistas alientan el servilismo, mientras estrategias persecutorias inhiben y desalientan la legítima organización colectiva. El capitalismo tardío, en su faceta más perversa, no duda en sacrificar la vida humana en el altar de sus valores.

El impacto económico de la pandemia se ha dejado sentir casi inmediatamente en los mercados bursátiles. La estrepitosa caída de los precios del petróleo sienta un nuevo precedente en la historia económica mundial. Con todo, no deja de ser fortuito que la crisis sanitaria global por la COVID-19 haya obligado al Estado a intervenir en la economía y a paralizar sectores no esenciales del sistema productivo. Ahora bien, aunque la decisión es acertada y consecuente con los principios constitucionales, también es cierto que el Estado no ha manifestado particular entusiasmo a la hora de escoger salvaguardar la vida de las personas. Con todo, es justo reconocer que, aun a regañadientes, el Estado retorna a la sustancia ética que le da sentido y contenido. La crisis sanitaria está en desarrollo ¿Nuestra clase empresarial está respondiendo con la integridad que exigen las circunstancias?

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