La política y el cuidado de lo humano

Vivimos tiempos en los que las reflexiones de Nietzsche nos ayudan a comprender el quehacer político. El filósofo sostiene que la política real, justa y consecuente es mucho más seria y digna de cultivo porque es la demostración fehaciente de que las personas son capaces de pensar y sentir con el otro hasta el punto de llevar a la realidad el bien común.

Nietzsche nos invita a pensar con él: ¿es sensato reconocer que la organización social es condición de posibilidad para el cultivo de lo humano, que la ciencia política es resultado y consecuencia de la maduración de lo humano?

Nietzsche ensaya una crítica de la demagogia, a la que ridiculiza con gran ironía y supera de una forma decididamente ecuánime. Frente a esta imagen cómica, grotesca y abigarrada de la sociedad de la fanfarria y la mascarada, sin política, sin diálogo ni escucha: un monstruo de mil cabezas que prolifera griteríos y bravuconerías, como si la política fuera oficio de bucaneros y piratas ebrios y mercachifles malbaratadores en el mercado de votos y favores con boletos numerados. El filósofo defiende la política como una actividad definitivamente mucho más noble y virtuosa. Para salvar la política, el filósofo ensaya una reivindicación del sentimiento de la política y del saber callar como un ejercicio de contemplación que resguarda del bullicio que incita la barahúnda asustadora y asustadiza.

Nietzsche sostiene que, a diferencia de la política escéptica, caricaturizada, acomodaticia y dogmática, la política real, justa y consecuente es mucho más seria y digna de cultivo porque es la demostración fehaciente de que las personas son capaces de pensar y sentir con el otro hasta el punto de llevar a la realidad el bien común. Los grandes políticos sostienen el bien común, lo impulsan, mientras que la pseudopolítica pretende devastar el bien común para que impere la voluntad más unilateral y bulliciosa. Para Nietzsche, dogmatismo y escepticismo son equivalentes en este punto: comparten la misma pretensión de ralentizar y anular el pensamiento crítico. Ambos se propagan con gran velocidad. La tradición conserva un saber que el escepticismo rechaza: la política se trata de cuidar de lo humano. El escepticismo es la renuncia al cuidado de lo humano.

Escuelas, bibliotecas, universidades, institutos, centros culturales y otros santuarios de la cultura, la ciencia y el arte han solicitado el concurso de la genuina política para concebirse, originarse y desarrollarse. En su libro Humano, demasiado humano, el filósofo piensa que la verdadera política asume responsabilidad para con el cuidado de lo humano, el bien común, el presupuesto compartido ¿O es que no sirven para nada nuestras instituciones educativas?, se pregunta el filósofo del martillo. Aunque, pese a todo, haya quienes delinquen, Nietzsche sostiene que la tarea de las instituciones educativas es el cuidado de lo humano.

Las instituciones demuestran de continuo su vigencia frente a las amenazas que quieren corromperlas. La separación de poderes rige y la libertad de los individuos no colisiona con las más profundas aspiraciones políticas constitutivas de la comunidad (la carta magna), aunque haya divergencia en lo moral, lo intelectual y lo espiritual (libertad individual, libertad de pensamiento y libertad de credo). La ciudadanía del mundo moderno: cotidiana para algunos, inasequible para otros.

Entre la tradición y la modernidad, Nietzsche razona que la política, en su múltiple acepción, es un signo para explorar la estratificación sociolingüística de una comunidad de hablantes. Entre el tradicionalismo y las corrientes de pensamiento más innovadoras reposa un fondo de diferencia en la experiencia y el sustrato vital de las generaciones vivas: la comunidad, por su manera de ser, es ella escuela de formación ética, política, cívica, ciudadana.

 

| Fuente: Freeimages

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