Ayacucho, espejo en el tiempo

La larga y compleja historia de Ayacucho puede tomarse como una síntesis de la historia peruana. En esta región se encuentran todos los aciertos y desaciertos del país. Es necesario acercarse a su historia desde una perspectiva crítica y, sobre todo, desde nuestro presente.

Ayacucho es un departamento que destaca por su importante legado histórico. A pocos kilómetros al norte de su capital se encuentra la cueva de Pikimachay, en la que se encontraron restos humanos de hace 15 000 años de antigüedad. La provincia de Lucanas, ubicada en el sur, fue cuna del escritor Guamán Poma de Ayala; en 1824, en la Pampa de la Quinua, el Ejército Libertador derrotó al Ejército Real del Perú. Muchos otros hechos y nombres de destacadas figuras políticas, artísticas e intelectuales pueden agregarse a esta larga y compleja lista de acontecimientos.

No obstante, ninguna historia cobra sentido si no se rememora y se vive desde el presente. No sirve de mucho saber que existe una cueva si esta no se visita de vez en cuando, como tampoco sirve saber que existió un renombrado escritor si no se leen, al menos, algunos capítulos de su obra. La experiencia que podemos tener de este pasado es lo que nos permite saber mejor qué es lo que queda o no queda vigente de esa historia. Si no cultivamos esta cercanía, lo que podemos saber del pasado es solo una gran cantidad de información que parece muy importante pero que en realidad solo es eso, palabras que solo sirven para rellenar libros y enciclopedias.

Alameda Valdelirios | Fuente: Universidad Antonio Ruiz de Montoya - Mario Granda

Esta reflexión surge luego de la visita que se realizó a la Alameda de Valdelirios en la ciudad de Ayacucho, un largo y ameno paseo que se terminó de construir en 1862 y que aún hoy atrae a muchos transeúntes y caminantes cercanos que quieren entretener las horas de la mañana o de la tarde. Sin embargo, lo que más llama la atención a lo largo del camino de esta famosa alameda es el mal estado en el que se encuentra el Monumento a la Independencia, una arquería que se encuentra hacia el extremo sur del complejo. Por el sentido urbanístico del conjunto, se supone que este monumento funciona como el final del paseo, pero esto no sucede así. En vez de lucir paredes de color blanco, como se puede observar en las fotografías antiguas de la época, los arcos y los frisos se encuentran desgastados y pintados de graffiti. El segundo piso, al que se accede por una escalera posterior, también se encuentra muy deteriorado.

Lo que sucede con el Monumento a la Independencia es lo que, creemos, revela la precariedad en la que muchas veces preservamos nuestro pasado. En vez de preocuparnos por preservar un lugar para evocar una victoria patriótica, pareciera que quisiéramos olvidarnos de ella. Esto también ha sucedido con otros episodios más recientes de la historia contemporánea de Ayacucho. En vez de querer conocer mejor las causas y los efectos de la violencia política de las décadas de 1980 y 1990, muchos prefieren pasarlos por alto y hacer borrón y cuenta nueva. La tarea es dura, pues aún hoy se producen intensas discusiones entre quienes sufrieron sus consecuencias, pero es muy necesaria si se quiere construir una mirada integral y comprensiva de la historia del país.

Si aquí se ha hablado de Ayacucho en especial es porque, a nuestro juicio, se trata de la región que, a manera de un espejo, mejor refleja tanto la antigüedad como la modernidad de nuestra historia. Muchos otros lugares del Perú tienen la misma riqueza natural y cultural, pero en el caso de Ayacucho se trata de un territorio en el que se sintetizan, a manera de extraña forma, el legado de importantes culturas y, mucho después, los embates del terrorismo y el narcotráfico. Si en algún lugar se encuentra escrita la historia peruana, es aquí. Para ello, sin embargo, es necesario echar siempre una mirada crítica al pasado desde el presente. Esta será la mejor manera de honrar la historia y preservar el patrimonio para el futuro.

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