Huaccha o vivir en familia

Nuestros pueblos originarios saben que un “huaccha” (persona sola) tendrá pocas posibilidades de salir adelante. Por eso, sus formas de crianza en comunidad hacen posible que niños y niñas accedan a oportunidades para una vida buena. Aprendamos de ellos a crecer en humanidad y solidaridad.

Una noticia conmovió al mundo hace poco, se trata de los siete niños que fueron rescatados de un campamento en Siria por su abuelo Patricio Gálvez, un ciudadano chileno residente en Suecia que retó a la justicia de ambos países para salvarlos. Ante la muerte de los padres, el abuelo en un acto de amor y responsabilidad asumirá el cuidado y la protección de sus queridos nietos.

En el Perú, hasta el 2010 INABIF reportó 19 000 casos de niños y niñas institucionalizados, es decir que crecen al amparo de instituciones y no de sus familias. Es lamentable que no se acceda a datos actualizados ni a reportes públicos que informen cuántos han sido reinsertados a sus familias o entregados en adopción. Todos sabemos que es muy poco probable que un niño o niña no tenga a nadie en el mundo además de sus padres, pero cuando estos faltan, otros familiares no pueden o no quieren asumir la responsabilidad quedando en orfandad.

En el mundo andino, un “huaccha” (persona sola) sin familia, sin amor, sin ancestros, sin historia que lo constituya y lo vincule a la comunidad tendrá pocas posibilidades de salir adelante. Los pueblos originarios lo saben y por eso no es de extrañar que asuman responsable y colectivamente el cuidado de niñas y niños sin padres | Fuente: Andina / referencial

Llama la atención que, en comunidades de pueblos originarios no haya niños o niñas en abandono o entregados al Estado. En cualquier eventualidad ante la ausencia de los padres, asumirán los familiares directos, la familia extendida, los padrinos u otros que serán nombrados madre o padre “de firma”. En el mundo andino, un “huaccha” (persona sola) sin familia, sin amor, sin ancestros, sin historia que lo constituya y lo vincule a la comunidad tendrá pocas posibilidades de salir adelante. Los pueblos originarios lo saben y por eso no es de extrañar que asuman responsable y colectivamente el cuidado de niñas y niños sin padres. Esta es sin duda una gran lección de humanidad que contraviene el individualismo, y los sentidos de propiedad que alcanzan a los hijos e hijas en sociedades urbanas y capitalistas.

Si el Estado peruano decidiera garantizar el derecho a la familia de todos los niños y niñas que por diferentes circunstancias no pueden ser cuidados por sus padres, entonces no tendríamos ningún niño o niña institucionalizado, crecerían en hogares que los amen y protejan, pero eso implicaría: revisar las políticas de protección y el rol de INABIF como organismo responsable de la materia; revisar nuestros conceptos y representaciones de familia desde la educación básica; y crecer en humanidad y solidaridad.

Esperemos que a treinta años de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño y con Luis Pedernera (Uruguay), nuevo presidente del Comité Internacional de los Derechos del Niño (ONU) –por primera vez un latinoamericano en este cargo– ingresemos como países y como sociedades a una evaluación profunda sobre el estado de la niñez, que se apliquen todas las medidas que fortalezcan los compromisos de los Estados, que se realicen los ajustes que la Convención requiera y como seres humanos seamos capaces de mirar esas otras formas de crianza en la comunidad, para que nuestros niños y niñas tengan todas las oportunidades para una vida buena a lado de sus padres de ser posible o lejos de ellos.

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