Jorge Gálvez dirige Llama Pack, un proyecto que busca recuperar la crianza tradicional de llamas. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

Hubo un tiempo en que las llamas conquistaron las alturas andinas. Ofrecían su carne y lana, protagonizaban vasijas ceremoniales y cargaban hasta 40 kilos de peso. Tener una llama era un símbolo de privilegio. Además de alegres y hermosas, eran populares. Su población alcanzaba los 50 millones desde el sur de Colombia hasta Chile. Eran los animales de carga más resistentes del imperio incaico. Hasta que llegaron los españoles y, como consecuencia, sus principales competidores: los caballos.

Las llamas que hoy enfilan por un bosque tropical montano hacia el caserío Cancha Cancha, en Cusco, son un híbrido de alpacas con llamas. Con el paso de los siglos, las llamas se han hecho más pequeñas y débiles y solo pueden cargar un máximo de 15 kilos.

Jorge Gálvez quiere devolver a las llamas la prestancia de otros tiempos y convertirlas en un medio de subsistencia para las comunidades del Alto Perú. “La llama es un animal nativo, eco ambiental y acostumbrado a caminar en estos ecosistemas. Estamos en la tercera generación (de cruces entre llamas seleccionadas a partir de características ideales). En siete generaciones, las llamas habrán mejorado genéticamente de manera natural”, dice Jorge.

Jorge dirige, junto a su pareja Alejandra Arias-Stella, Llama Pack, un proyecto que busca recuperar la crianza tradicional de llamas como animales de carga para generar un ingreso extra en las comunidades. Para ello organizan excursiones con llamas a través de una red de caminos ancestrales incas que enlazan comunidades ubicadas entre los 3,700 y los 4,500 metros de altura.

“La idea es que las comunidades puedan salir de la extrema pobreza. Con tan solo nueve excursiones al mes pueden cambiar su economía familiar en 180 grados. Es un gran cambio. Usan una herramienta local (las llamas) que puede integrarlos a un micro negocio dentro del gran negocio turístico que hay en Cusco”, sostiene Jorge.

Toda la vida caminando

Julián Quispe era porteador en el Camino Inca y realizaba caminatas de hasta diez horas al día cuatro veces a la semana llevando sobre sus hombros las mochilas de los turistas.

Ahora administra sus llamas. Son ellas las que cargan las mochilas de los turistas y él dirige la expedición. “A veces me cuesta caminar más despacio. Aquí arriba la gente se cansa el doble por la altura”, dice Julián.

En su comunidad, Cancha Cancha, se dedican al pastoreo y la agricultura y tienen un acceso muy limitado a la educación y la salud pública. Los visitantes, además de la caminata, aprenden de los comuneros. Aprenden, por ejemplo, que las llamas son consideradas eco amigables porque al comer no arrancan la planta de raíz, porque se alimentan de una gran variedad de plantas evitando la depredación de una en particular y porque sus pezuñas son blandas y no erosionan los caminos. 

Cuando fundaron Llama Pack, Jorge y Alejandra trabajaban con dos familias de dos comunidades distintas. Ahora trabajan con al menos 20 familias de ambas comunidades y ya han tomado contacto con otras siete comunidades dispuestas a unirse a la campaña de las llamas.

Llama Pack aporta un modelo de acción replicable. Desarrolla con las comunidades el servicio de excursiones y demuestra que se puede trabajar con llamas en turismo. De esta manera se genera una fuente alternativa de ingreso familiar activando economías locales a través del servicio de carga, la venta de telares y la gastronomía, con pagos justos y brindando una experiencia de valor agregado para el visitante”, dice Jorge.

A su vez, los turistas aportan motivación a los comuneros. Les enseñan a armar una tienda de campaña, a presentar una cena, a instalar un campamento. De esta forma, personas como Julián podrán obtener una certificación para trabajar con operadores turísticos.

Las llamas caminan contigo

Jorge Gálvez estudió Ciencias de la Comunicación y se especializó en Cine y Comunicación Social para el Desarrollo, pero su gran pasión siempre han sido las montañas. Es escalador y suele llevar mucha carga a las distintas etapas de su recorrido. Desde sus primeras montañas (también ha escalado el Everest) veía en las llamas una posibilidad de transporte. Trabajó en el Parque Nacional Huascarán, donde implementó un proyecto para repoblar la zona con llamas y generar sostenibilidad a través del turismo.

Viajó a Cusco con la idea de explorar la cadena de montañas de la cordillera Urubamba y así fue como se aproximó a las comunidades. Una tarde, al bajar de Cancha Cancha, un comunero le regaló una llama recién nacida. Jorge lo entendió como una señal y llegó a casa con un regalo para su hijo, que cumplía su primer año de vida. “¿Y si nos quedamos?”. Alejandra dijo que sí.

Hace unos meses participó en un ultra maratón de 80 kilómetros por los senderos más escarpados del valle del Urubamba. A las cinco de la mañana pasó por Cancha Cancha. Ahí estaba, de pie, esperándolo, Julián con un mate de coca. El próximo año, dice, correrán juntos la misma carrera.

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