Tras la pandemia: revalorizar Latinoamérica y reformar la Comunidad Andina

La pandemia, si la racionalidad y la objetividad se reconcilian con las decisiones de la política y el comercio exterior, puede darnos la posibilidad de recuperar el extravío de nuestra propia realidad.

El mundo posterior al gran confinamiento obliga a todos los países a repensar su política exterior.Los cambios que la pandemia está produciendo en la escena mundial lo exigen. Es evidente que no se sustituirá el actual sistema internacional por otro en el corto o mediano plazo. Eso sucede solo luego de guerras globales o grandes revoluciones. Pero la crisis de la COVID-19 sí impactará sustantivamente en las tendencias del cambio que ya ocurrían desde mucho antes. Estamos en una fase de transición de un sistema internacional a otro. La pandemia funciona como una suerte de acelerador y caja de cambios del motor de la política mundial.  Impactará esencialmente en la direccionalidad y velocidad de las mutaciones del sistema internacional. 

En lo económico, el “ajuste” de la globalización será una agenda prácticamente inmediata. Ya países como Francia, Inglaterra, España y Alemania han abierto la posibilidad de una reorientación de las cadenas de valor -de los sectores más sensibles de la producción de bienes y servicios- hacia las economías nacionales o regionales. Y  la mayor regulación de las políticas públicas sobre los mercados, es una reflexión que se abre puertas en el propio FMI y el Banco Mundial.

En lo político, la abdicación americana de todo liderazgo que conduzca a respuestas comunes ha terminado de deslegitimar el unilateralismo y las políticas de fuerza. Un mundo gobernado por políticas sin control institucional es rechazado casi por toda la comunidad internacional.  El peligroso vacío de poder  que se ha producido adelanta en varias décadas las responsabilidades globales de la China. Ello implicará un complejo realineamiento de fuerzas en la escena internacional. En ese contexto una nueva gobernanza multilateral emergerá de la crisis como la fuerza contraria al uso unilateral del poder. Los cambios que sucedan en la OMS será un test ilustrativo.

Los países emergentes y en desarrollo, pequeños y medianos, en ese escenario, podrían acceder a mayores márgenes de autonomía e independencia en sus decisiones y acciones de política interna y externa. Cuanto más diversificadas sean sus relaciones externas y sus exportaciones, podrán ganar más competitividad en este mundo emergente.

En el caso del Perú, la mayor pluralidad política de su relacionamiento externo es una agenda pendiente. Pero en el ámbito de las relaciones económicas -más allá del discurso oficial que no refleja la realidad- la diversificación de los mercados de exportación es una fortaleza. El país tiene cuatro grandes mercados. El principal China (13,370.022 millones de dólares). El segundo, América Latina y el Caribe (S 6,776.071). En tercer lugar  la Unión Europea con US 6,075.011. Y en cuarto lugar, los Estados Unidos con US 5,487.796. Lo relevante de este dato es la excepcional importancia del mercado latinoamericano. Invisibilizado en el discurso oficial y en las políticas de promoción comercial.

En los últimos 15 años se ha configurado una suerte de “fake news” sobre la América Latina y la Comunidad Andina como áreas de interés para la economía nacional. En los discursos oficiales, el TLC con Singapur ha tenido una valoración más alta. Las acciones y esfuerzos dedicados a la relación comercial bilateral con el pujante país asiático han sido ingentes e implicado mucho mayor gasto que la promoción comercial hacia Bolivia. ¿Y qué dice la realidad? Que a Bolivia exportamos 78 veces más que a Singapur. Esta desorientación se da de manera más paradójica aun con la Comunidad Andina.

| Fuente: Andina

Olvidada y relegada por la diplomacia política y económica, la CAN es el único acuerdo de libre comercio -de los 20 que tiene suscritos el Perú- que ha logrado liberar el 100 por ciento de los aranceles. El comercio recíproco pasó de 80 millones de dólares en 1969 a 2,285.86 millones el 2018. Es el quinto mercado de exportación del Perú a escala mundial. Si se compara con la Iniciativa de la Cuenca del Pacífico, exceptuando los mercados tradicionales de Estados Unidos, China, Japón y Corea del Sur, las exportaciones del Perú a la CAN son casi el doble que las que se destinan a los otros 11 países asiáticos que conforman la cuenca. Solo las exportaciones a Bolivia y Ecuador las superan en más de 300 millones de dólares.

Se trata, adicionalmente, de un comercio de calidad. El 2018, el 78% de las exportaciones intracomunitarias fueron manufacturas. Lo son también el 95.3% de las ventas del Perú a la CAN. El mercado andino es el quinto mercado de la producción manufacturera del país (9.4% del total), solo detrás de los Estados Unidos (24,4%), China (12,2%) y la Unión Europea (11,0%). Desde el 2013 el tráfico de carga por los puertos de la Comunidad se incrementa anualmente. El 2018 ascendió a 348 276 miles de toneladas. Los puertos peruanos movilizaron el 27.2% de este tráfico. 32 millones 610 mil pasajeros se movilizan por sus aeropuertos, de los cuales 5 millones 834 mil viajan al interior del espacio andino.

Las exportaciones del Perú a la Alianza del Pacífico y la CAN son equivalentes. Pero el contenido de manufacturas es mayor hacia la zona de integración andina. Con la ventaja adicional que es una integración de base territorial, contigua y fronteriza. Eso la hace más competitiva por los costos de transporte y le otorga un mayor contenido político y estratégico. Ambos esquemas son complementarios y ejes de nuestra proyección al revalorizado mercado latinoamericano.

Con estas cifras es un tanto inexplicable la casi desaparición de la CAN en las prioridades de la diplomacia económica. La política comercial y la visión estratégica de la política exterior no deben sujetarse a condicionamientos ideológicos ajenos a los intereses nacionales. Deben ser pragmáticas. Realistas. Actuar en función del interés del Estado, las empresas y los consumidores-ciudadanos. Y en ese decurso América Latina y la CAN tienen una prioridad que hay que revalorizar.

La diplomacia pos-COVID-19, entre otros retos y desafíos tiene uno muy específico: revalorizar América Latina como un espacio económico que ya es prioritario y estratégico. Es el segundo destino de las exportaciones. Y, además, debería asumir la iniciativa, como país sede, para reformar la Comunidad Andina. Es imperativo sincerar la Comunidad. Adecuar su estructura institucional y normativa a la realidad de sus propios logros. Y a la inserción internacional de  los países miembros, definida por la tendencia al libre comercio con la extra zona.

La reforma implica un acuerdo para modificar el Acuerdo de Cartagena en por lo menos cuatro ejes esenciales: 1) Suprimir el objetivo de la Unión Aduanera y las referencias al mercado común y los mecanismos de desarrollo industrial conjunto y programado. Son obsoletos. La nueva meta debe ser consolidar la zona de libre comercio y utilizar la plataforma andina para aumentar las exportaciones hacia terceros. 2) Incorporar programas modernos de promoción y competitividad de las micro y pequeñas empresas, la capitalización de las remesas en la actividad productiva, la agenda digital, la conectividad, las comunicaciones y la integración energética. 3) Construir un espacio de cohesión social andino con énfasis en la libre movilidad de las personas, y programas de salud, educación y seguridad social focalizados en las áreas de integración fronteriza. 4) Una estrategia de protección, preservación y puesta en valor del patrimonio cultural y natural, vinculada a la oferta del turismo sostenible. Especialmente el intracomunitario y latinoamericano.

Supone, también, un cambio en la estructura institucional y normativa. No puede seguir subsistiendo un armazón institucional pensado en función de un mercado común que no existe ni existirá. La supranacionalidad debe dar lugar a una estructura de normas e instituciones de carácter intergubernamental. Resguardando el patrimonio histórico. El Parlamento Andino ya no puede elegirse por voto directo. Fue una disfuncionalidad. Debe integrarse con congresistas designados por cada parlamento. Con un nuevo mandato. El Tribunal Andino de Justicia, en este nuevo marco, podría transformarse en un órgano intergubernamental de solución de controversias. Menos costoso. Más eficaz. A una CAN con este nuevo ropaje y sus logros comerciales podría unirse sin mayor dificultad Chile y reintegrarse la futura Venezuela democrática.

La pandemia, si la racionalidad y la objetividad se reconcilian con las decisiones de la política y el comercio exterior, puede darnos la posibilidad de recuperar el extravío de nuestra propia realidad.

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