La cita

Una ciudad es un lugar en el que se encuentran personas de diferente origen y condición. Esta característica no es una desventaja sino una oportunidad para propiciar el encuentro y la búsqueda de un bien común. Es momento de pensar en nuestra ciudad como una gran cita.

Toda ciudad capital se relaciona etimológica y conceptualmente con dos términos del latín. La palabra ciudad proviene de “civitatem”, expresión que servía para designar el lugar en el que vivían los ciudadanos romanos (“civis”) y la palabra capital, de “capita”, que significaba “cabeza”. Es así que la “ciudad capital” es la ciudad que está llamada a pensar y decidir lo que el resto de ciudades que se encuentran bajo su dominio deben hacer para el beneficio de un país o de una región. Este es el tipo de relación que se espera que Lima (la cabeza) tenga con las ciudades del Perú (el cuerpo).

Lima y los limeños se encuentran obligados a propiciar el encuentro entre sus propios ciudadanos. | Fuente: Abraham Ponce

Sin embargo, no son solamente estos dos conceptos -de naturaleza jurídica y racionalista cada uno- los que pueden servir para comprender la idea de ciudad. En un discurso pronunciado en el 2010 por el Bicentenario de la Independencia de Argentina, Mario Bergoglio agregó un tercero más, también de origen latino. Para el entonces cardenal de la ciudad de Buenos Aires y futuro papa Francisco, la palabra ciudadano viene del término "citatorium" latino. “El ciudadano es el citado, citado al bien común, citado para asociarse hacia el bien común (...) Se trata de personas convocadas hacia una unidad que tiende al bien común, de cierta manera ordenada; es lo que se llama ‘la unidad de orden’. El ciudadano entra en un ordenamiento armónico, a veces disarmónico por las crisis y los conflictos, pero ordenamiento al fin, que tiende hacia el bien común”*.

Pensar en la ciudad como una cita es lo que también se podría aplicar para la comprensión de una ciudad como Lima porque, como capital que es, está compuesta por un altísimo número de individuos. Sin embargo, las palabras de Bergoglio también nos invitan a entender esta gran cita no solo como un llamado a la unidad sino a un reconocimiento de la diversidad, pues gracias a ella el individuo “entra en un ordenamiento armónico, a veces disarmónico por las crisis y los conflictos, pero ordenamiento al fin”. Es cierto que los conflictos no siempre son bienvenidos, pero, en un sentido más amplio, son signos de que una ciudad está compuesta por una serie fuerzas que a veces se encuentran en tensión y exigen cambios. Muchas de estas fuerzas, además, se producen porque en una ciudad hay personas de diferente origen, edad, sexo, idioma y religión. Y esta “disarmonía” o diversidad es la que termina por enriquecer la cita.

No obstante, Lima no siempre ha correspondido a esta diversidad. Tal como dice Sebastián Salazar Bondy en el prólogo de su ensayo Lima la horrible, los limeños criollos que añoraban la Colonia rehuyeron por mucho tiempo “la cita con el dramático país que fue incapaz de presidir con justicia”. Este desencuentro también se ha sentido en el modo en que el alcalde saliente de la ciudad de Lima no ha querido informar al nuevo alcalde electo sobre su gestión. Luego de un breve encuentro realizado poco después de las elecciones, el Sr. Castañeda Lossio no ha ofrecido ninguna oportunidad más a su sucesor.

A diferencia de otras ciudades, Lima y los limeños se encuentran obligados a propiciar el encuentro entre sus propios ciudadanos. Depende de nosotros si aprovechamos las oportunidades que se nos ofrecen o si todavía mantenemos la cita pendiente.

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