Pablo Macera: la historia como una conversación

Una conversación permite a sus participantes ampliar, pero también cuestionar los puntos de vista que tienen sobre un tema. La palabra hablada es el contrapunto, la invención, el juego y la conjetura, y ella misma busca nuevos horizontes.

La imagen tradicional que existe sobre los historiadores es la de un hombre o una mujer en un estudio revestido de documentos, manuscritos y papeles que, se supone, servirán para escribir un libro de muchas páginas o una nueva e importante investigación. Es seguro que esta imagen puede haberse modernizado, pues hoy la mayoría de historiadores -como tantos otros estudiosos de las letras o las ciencias- tienen al alcance una computadora y la posibilidad de obtener no solo mucha más información escrita sino también mucho material audiovisual. Las mejores bibliotecas de hoy se preocupan tanto por contar con un buen inventario de libros como por tener un amplio banco de imágenes y una videoteca bien equipada. Sin embargo, la relación entre la historia y la palabra impresa aún prevalece, pues nuestra cultura siempre ha enfatizado la idea de que lo escrito tiene mayor valor que lo oral. El libro nos hace pensar en algo que sobrevivirá al tiempo, mientras que la palabra hablada, invisible como es, en algo efímero y hasta inexistente. 

Pablo Macera (1929-2020) es recordado como aquel intelectual al que le gustaba hacer observaciones que muchas veces se encontraban a contracorriente, razón por la que las generaciones más jóvenes lo seguían y admiraban. Esta postura iconoclasta se debió, en parte, a su interés por construir una historia crítica del Perú, o sea, una historia que no se ocupara solamente de registrar y repetir hechos sino también de convertirlos en elementos que sirvan para decidir sobre el presente. Pero otro factor que colaboró con formar esta perspectiva (a veces calificada como “herética”) se origina también en su temprana preocupación por cuestionar las bases de la investigación de la historia en el Perú. Esto es, por preguntarse por el modo en que hasta ese momento -finales de la década de 1960- se había entendido y se había escrito nuestro pasado.

Tal como lo señala en su libro Conversaciones (Mosca Azul, 1974), que recopila una serie de encuentros entre él y Jorge Basadre, la historia peruana se caracterizó por privilegiar siempre los documentos escritos y por marginar aquello que pertenece al mundo de la oralidad. Como si todo lo escrito fuera “historia” y todo lo oral fuera “prehistoria”, se ha dado la espalda a la experiencia directa. “Los historiadores modernos (...) preferimos mirar la realidad que estudiamos, sentados desde nuestras oficinas, a través de un papel. Después de todo la nuestra es una cultura del ojo pasivo: vemos lo que no hacemos” (p. 8). Es por ello que la historia debía aprender de los sociólogos y antropólogos, quienes desde los años sesenta ya habían innovado sus métodos de investigación gracias al uso de encuestas, entrevistas y trabajos de campo. Métodos que, además, le hacen recordar la manera en que escribieron los cronistas de la Conquista del Perú, quienes fueron testigos directos de los acontecimientos que marcaron la historia del país. Para ellos era más valioso el testimonio de un sobreviviente de una batalla que la firma de un tratado o un acta de capitulación. Del mismo modo tiene que hacer el historiador peruano, en tanto que gran parte de nuestro pasado está construido sobre la base de una memoria oral y no escrita. Y el registro de la palabra hablada, que da vida a cualquier tiempo histórico, es ya una crítica a la tradición, a lo establecido. Entender la historia desde la oralidad y no desde los documentos (que, por lo demás, suele estar en poder de unos pocos) es de por sí ser revolucionario.

| Fuente: UNMSM

El propio Macera fue consecuente con su predicamento y el método que escogió fue el de la conversación. Además del encuentro con Basadre, también cuenta con el libro Arrogante montonero, donde se transcribe las conversaciones sostenidas con el líder aprista Armando Villanueva (Fondo Editorial del Congreso de la República en 2011). Hubiera sido interesante contar con otras publicaciones de este tipo, pero lo que se muestra en estas dos es suficiente para entender su propuesta. La naturaleza dialéctica de la conversación permite acercarse a los temas mediante la prueba y el error, lo que lleva a sus participantes a ampliar, pero también a cuestionar sus propios puntos de vista. La palabra hablada es el contrapunto, la invención, el juego y la conjetura, y ella misma busca nuevos horizontes. No es casual, por tanto, que gran parte de la obra de Macera haya estado dedicada a estudiar los bordes de la historia peruana: la Amazonía, la pintura, las crónicas de viajes, la artesanía, la gastronomía y los santos, entre muchos otros temas no convencionales. Su pensamiento fue la del historiador y su método el del ensayista.

Hoy es necesario volver a reflexionar sobre el modo en que nos acercamos al conocimiento y la manera en que trabajamos con él. Existen muchas formas de recoger y difundir información, pero de nada vale si nos limitamos a las fuentes y los métodos tradicionales. Esta fue la lección que Macera quiso que guardemos de él.

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