Pizarro en las orillas

La historia colonial y gran parte de la República nos ha llevado a entender la ciudad en dos repúblicas, en dos mitades, lo que en gran medida nos impide acercarnos a ella.

La celebración del aniversario de Lima rememora la fundación de la ciudad a manos de Francisco Pizarro, una escena que ha sido una y otra vez relatada por los escritores y los historiadores, y, más recientemente, cada vez mejor estudiada gracias a nuevas investigaciones que nos explican cómo era el valle del Rímac y cómo eran la gente que vivía en él en el momento de la llegada de los recién llegados. La importancia de este hecho se debe a que fue esta ciudad la que sirvió como base para concluir la conquista del territorio peruano y, poco después, desde la que se organizó el gobierno de un virreinato que duraría casi trescientos años. No es extraño, por tanto, que se trate de un episodio que hasta hoy genere tantas preguntas y reflexiones. En el acto de fundación se sintetiza el encuentro formal, por así decirlo, de dos sociedades distintas, de dos maneras de comprender y entender el mundo pero que a la vez decidieron compartir un mismo espacio para vivir y formar una cultura. 

Es por todo esto que creo que es importante preguntarse por qué es que la estatua de Pizarro que fue creada para rememorar este momento de la historia se encuentra en un lugar en el que pareciera que se le quiere desvalorizar. Si de aquí a unos 10,000 años llegara un arqueólogo y encontrara la ciudad tal como está, se preguntaría por qué un monumento de tan grandes dimensiones se encuentra en el Parque de la Muralla, un lugar casi escondido para quienes la quisieran conocer. Pero con esta pregunta no pretendo aquí abogar por su restitución sino, más bien, intentar buscar una relación entre esta ubicación y la Lima de hoy. Por un lado, celebramos un aniversario con muchas actividades, conferencias y espectáculos, pero, por otro lado, todavía hay cierta tensión en torno a la historia de la fundación de Lima. Pizarro ha querido ser desterrado de Lima, pero aún sigue en pie, cerca de la ciudad. De hecho, se encuentra literalmente en las murallas de Lima, aunque no se sabe si está exactamente afuera o adentro. En vez de un lugar concreto, se ha escogido más bien un lugar ambiguo. 

| Fuente: Andina

Creo que el lugar en el que se encuentra hoy Pizarro no es el mejor pero, al menos por el momento, refleja bien los cambios ocurridos en la ciudad de Lima en los últimos tiempos. Cada época tiene una interpretación distinta de la historia, y, en este caso, creo que la ubicación es una respuesta que va en este sentido. La estatua de la que hablamos, esculpida por Charles Cary Rumsey, fue inaugurada el 18 de enero de 1935 bajo el mandato de un gobierno que buscaba restaurar la oligarquía e imponer una imagen criolla y colonialista de la capital. El lugar que se escogió fue la misma Plaza de Armas de Lima, en el mismo frente de la Catedral. Sin embargo, el siglo XX fue también un tiempo de grandes cambios sociales y este sueño no pudo durar mucho tiempo. La imagen de Lima no podía resistir una interpretación criolla (o solamente criolla) y con el tiempo se buscaron nuevas formas para representarla. Esto explica por qué la estatua empezó a cambiar de ubicación y, finalmente, por qué ya no se encuentra en una plaza principal. 

No obstante, creo que colocar a Pizarro en un lugar como el Parque de la Muralla también es decir que debemos dejar de entender la ciudad en las dicotomías en la que a veces nos acostumbramos a entender nuestra cultura. La historia colonial y gran parte de la República nos ha llevado a entender la ciudad en dos repúblicas, en dos mitades, lo que en gran medida nos impide acercarnos a ella. Es cierto que las oposiciones sirven para saber cuáles son los puntos de partida desde los que parte la historia; esta misma crónica se ha servido de ello al hablar de “las dos sociedades distintas”. Pero no podemos seguir entendiendo una ciudad tan grande y tan poblada como la nuestra en dicotomías. O al menos no para siempre. La vida diaria a veces nos empuja muchas veces a entender las cosas de la manera más esquemática, reduciendo y empobreciendo nuestra comprensión de la vida urbana en solo dos posibilidades: la ciudad privada y la ciudad pública; los limeños originales y los limeños migrantes; la Lima asfaltada y la Lima sin asfaltar; los vivos y los tontos; los violentos y los mansos; la Lima formal y la Lima informal; los propietarios y los inquilinos; los corruptos y los honestos. Y así sucesivamente. Esto es lo que ocurre cuando se busca imponer una imagen, positiva o negativa, ignorando cualquier otro tipo de posibilidad de representación. 

Tal vez por este aniversario se debe buscar la manera de entender la ciudad de una manera más abierta y no bajo estas oposiciones, que muchas veces limitan nuestra percepción y, en sus formas más perversas, en convertirse en herramientas para la discriminación. Poner a los pizarros en las plazas no es sino estar condenados a hablar de conquistadores y conquistados. Pero para poder revertir esto tenemos como herramientas lo que nos cuenta la historia y, por otro, nuestra experiencia de ciudad. Tal vez es mejor un Pizarro que camina y no un Pizarro estático. Tal vez es mejor que caminemos por la ciudad y no nos acostumbremos a mirarla solo de la manera que más nos acomoda. 

 

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