Liderazgo, cuando las papas queman

En situaciones de crisis es cuando se demuestra quiénes son verdaderamente líderes. La pandemia del COVID-19 viene mostrando la pobreza de las personalidades y la carencia de liderazgo de gobernantes como Trump, Johnson, Bolsonaro y López Obrador, con devastadoras consecuencias para decenas de miles de sus ciudadanos.

Existen conceptos que han perdido significado por ser empleados abusivamente. El caso del liderazgo es uno de ellos. En estos tiempos, líder se cree cualquiera que habla más fuerte, o que adorna mejor sus palabras, o que simplemente está en una posición de mando. Con sorprendente frecuencia y facilismo, a los sinvergüenzas y a los prepotentes se les imputa la calidad de líderes, sin distinguirlos de quienes son meramente jefes, autoridades o caudillos.

Y es que, en medio de nuestro acendrado despilfarro verbal de atributos, resulta demasiado fácil creerse y ser reputado como líder cuando las circunstancias son normales, y cuando no existen sobresaltos mayúsculos en el entorno. Pero, en puridad, el verdadero liderazgo (o su carencia) se exhibe nítidamente en situaciones de crisis, cuando el rumbo hacia adelante es incierto y, no obstante, hay que tomar decisiones difíciles y prontas.

Dentro de la variada lista de atributos que se atribuyen a un líder, cabe subrayar la necesidad de tener flexibilidad emocional y cognitiva, así como desprendimiento y coraje, para adaptarse a las desafiantes circunstancias de una crisis, y para tomar las decisiones que mejor convengan al interés público al que el líder se debe. Un genuino líder basa sus decisiones en la evidencia fáctica y sabe dejar de lado sus caprichos, apetitos o intereses personales. Pero, para quien está en una posición de poder sintiendo así gratificada su egolatría, suele ser muy difícil tener tales atributos, y ser capaz de reconocer que la realidad dicta un curso de acción distinto al que uno había vislumbrado, o al que conviene mejor a sus personales intereses.

El líder político, se supone, encarna la búsqueda del interés público, pero en muchísimos casos el combustible que mantiene su espíritu en movimiento y que inflama sus actos suele ser el narcisismo desbocado. El narcisismo es la búsqueda de la gratificación de la vanidad o la admiración egoísta de la propia imagen y atributos idealizados de uno.

Las expresiones moderadas de narcisismo son rasgo común en la mayoría de personas. Ayudan a formar nuestra autoestima, y nos impulsan a ser productivos y creativos; pero sus versiones extremas, traducidas en egomanía, suelen privarnos de la posibilidad de establecer vínculos emocionalmente saludables con otras personas y nos hacen perder sentido de la realidad. Los egomaníacos esencialmente se ven a sí mismos como en el centro del universo; todos sus pensamientos y acciones tienen como horizonte común y exclusivo a ellos mismos: todo es para, desde, en y sobre ellos. Y, para ellos, la realidad no es aquello que dictan las evidencias fácticas, sino la que resulta de sus caprichos e irracionales elucubraciones. A través de su enamoramiento patológico consigo mismos, los egomaníacos pierden capacidad para vincularse racionalmente con sus entornos; y se tornan incapaces de experimentar genuina empatía y aún menos amor por los otros.

¿Es el narcisismo desbocado -la egomanía- un rasgo indispensable para aspirar a ser un líder político? Definitivamente no, y los líderes más eficaces son precisamente quienes han logrado establecer un adecuado balance entre sus impulsos narcisistas y las convicciones éticas de servicio a la sociedad.

Donald Trump | Fuente: EFE

La devastadora crisis generada por el COVID-19 representa hoy una vitrina excepcionalmente transparente para evaluar los atributos de liderazgo, o sus carencias, en los gobernantes de todo el mundo. Nos muestra a personajes como Donald J. Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador, actuando irresponsable e irracionalmente ante los inmensos desafíos que plantea la crisis generada por el COVID-19; e incapaces de identificarse empáticamente con las preocupaciones, los padecimientos, o los intereses de sus ciudadanos. Aunque cada personalidad es distinta, ellos comparten algunos rasgos en común. Los impulsos narcisistas, sumados al cálculo político de querer complacer a sus electores a cualquier costo, los han llevado a negar las evidencias científicas y los consejos especializados sobre cómo mejor enfrentar más eficazmente la pandemia. Miles de muertos y decenas de miles de infectados por el COVID-19 son el precio que los ciudadanos de los respectivos países tienen que pagar como producto de las flaquezas de personalidad de esos gobernantes.

Uno de los rasgos notorios de Donald J. Trump es su grave discapacidad cognitiva: es uno de los grandes promotores de los fake news (noticias falsas), pues para él la diferencia entre la realidad y los hechos fabricados es irrelevante; además, es antagonista de las ciencias, expresado por ejemplo en su sistemática negación del calentamiento global. En un mensaje Twitter de 2012 sostuvo: “El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos, a efectos de hacer que las manufacturas estadounidenses no sean competitivas”. Su narcisismo le impide sentir empatía por las preocupaciones, padecimientos o intereses del prójimo; y ha admitido padecer de fobia ante los gérmenes. Además, su objetivo fundamental en estos meses es lograr ser reelegido como presidente, y toda circunstancia que obstruya ese derrotero debe ser ignorada o negada. La suma de estos factores lo llevaron a que, durante varias semanas minimizara públicamente la gravedad de la pandemia en curso, tiempo que hubiera sido valiosísimo para contener su incidencia y limitar los daños sobre la vida y la salud de miles de personas. Ahora, ante la gravedad de una crisis que sigue acrecentándose y que actualmente ha convertido a los Estados Unidos en el país con el mayor número de víctimas reportadas del COVID-19 en el mundo, ha virado su discurso hacia el reconocimiento de la inmensa gravedad de las circunstancias, pero sigue promoviendo medidas de poco sustento técnico, propalando mensajes contradictorios e irracionales, y mantiene su obsesión respecto a sus índices de popularidad.

El desempeño de Boris Johnson no es mejor. Durante décadas estuvo preparándose para alcanzar su actual sitial, forjando una imagen pública minuciosamente calculada, siendo la mentira y la deslealtad ingredientes esenciales de su fórmula triunfal. Su desprecio por el genuino interés público no puede ser mayor: a mediados de febrero último, en vez de preparar a su gobierno y a su país frente a la inminente amenaza del COVID-19, desapareció de la vista pública durante doce días, la mayor parte de los cuales los dedicó a vacacionar con su novia en una lujosa casa de campo. Su reacción pública ante la crisis ha sido, hasta hace pocos días, también la de minimizarla y la de pretender contenerla aplicando políticas científicamente cuestionadas. En la primera semana de marzo último, no obstante que era evidente la urgencia de aplicar medidas de restricción de reuniones y movimientos, como ya venían haciéndolo muchos otros países, Boris Johnson sostuvo que “todos nosotros básicamente deberíamos seguir con nuestra vida diaria normal” mientras nos lavemos las manos durante veinte segundos, varias veces al día; y luego alardeó alegremente que él seguía dándole la mano como saludo a la gente. Pocos días antes, en efecto, había visitado a pacientes afectados por el COVID-19 y les había dado la mano. No puede sorprender pues, que el viernes 27 de marzo el propio Boris Johnson tuviera que anunciar que había sido contagiado por el COVID-19, y que minutos después el ministro de Salud británico, Matt Hancock, haya tenido que reconocer que también está contagiado. Sus últimas medidas frente a la crisis, en medio de su propia convalescencia y aislamiento, son también contradictorias, y demagógicamente ha cambiado de posición.

Jair Bolsonaro, que se esfuerza por imitar a Donald J. Trump, es otro ejemplo patético de irracionalidad e irresponsabilidad. Ha calificado a la pandemia del Covid-19 como “una fantasía” y “un poco de gripe”; ha acusado a la prensa de promover la histeria colectiva por difundir información sobre los devastadores efectos que ese virus viene causando en Italia; ha promovido y hasta ha asistido a mítines masivos; ha respaldado a dirigentes religiosos extremistas que se niegan a cerrar sus templos como medida preventiva; y, ante la noticia que 23 integrantes de su entorno se han contagiado del virus, se ha negado a recluirse en aislamiento, se ha mostrado deliberadamente saludándolos con un apretón de manos y hasta tomándose selfies con ellos empleando sus celulares.

Andrés Manuel López Obrador es otro caso en punto. A inicios de marzo, cuando la virulencia de la pandemia ya era evidente, sostuvo: “Hay quienes dicen que debiéramos dejar de abrazarnos debido al coronavirus. Pero debemos abrazarnos. Nada va a pasar”. Aún más demagógicamente, acusó a sus opositores: “Quieren que nos infectemos. Eso es lo que quieren para que puedan culparme a mí de todo”. Y, aún más recientemente ha dicho: “Las pandemias y otros eventos desafortunados no nos harán nada”. Y, como si lo anterior no bastara, el domingo 29 de marzo, en Cualiacán, ha saludado dándole la mano a la madre del que fuera hasta hace poco el narcotraficante más poderoso del mundo, Joaquín El Chapo Guzmán, sentenciado a cadena perpetua por la Justicia estadounidense.

La crisis generada por la pandemia del COVID-19 ciertamente arredrará, pero desde ya nos demanda interrogarnos críticamente y dar respuestas a muchas cuestiones, tales como: sobre cómo lo humanos nos relacionamos con la naturaleza; sobre cómo gobernamos nuestro Hogar Común; sobre cómo debemos forjar una nueva ética de convivencia global solidaria que reemplace a la predominante del individualismo, el egoísmo y el economicismo. Y, otra de las cuestiones a la que deberemos dar cara es cómo las democracias permiten que falsos líderes como Donald J. Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador, sean elegidos y puedan causar tantos daños, literalmente disponiendo de la vida y la salud de muchos miles de sus ciudadanos bajo el impulso de su irracionalidad, su irresponsabilidad y su egomanía.

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