Carta a nuestra juventud

La pobreza no es un simple índice, sino una intolerable situación existencial humana que la presente crisis terminó por azotar con mayor fuerza, pues todos no estuvimos en el mismo barco.

“¿Para qué hemos conquistado la independencia?” inquiría nuestro historiador Jorge Basadre Grohmann (1903-1980) en La promesa de la vida peruana (1944). “Para desarrollar hacia el máximo las posibilidades de este suelo y para dar una vida lo mejor posible al hombre peruano”, respondía. Luego apuntaba que “en el siglo XIX, una de las formas de cumplir esa promesa pareció ser durante un tiempo la preocupación ideológica por el Estado y más tarde la búsqueda exclusiva del desarrollo material del país. En el primer caso, el objetivo por alcanzar fue el Estado eficiente; en el segundo caso, fue el país progresista”. Esta lectura la interioricé en diciembre de 1980, a mis 19 años de edad −posiblemente la edad que ahora disfrutan ustedes−, cuando estaba culminando el programa de Estudios Generales en la Universidad de Lima, próximo a entrar en las materias propias de la carrera de Economía.

Basadre −seguramente nutriéndose del alma iconoclasta de Manuel Gonzáles Prada− apuntaba: “La promesa de la vida peruana (…) ha sido a menudo estafada o pisoteada por la obra coincidente de tres grandes enemigos de ella: los Podridos, los Congelados y los Incendiarios. Los Podridos han prostituido y prostituyen palabras, conceptos, hechos e instituciones al servicio exclusivo de sus medros, de sus granjerías, de sus instintos y sus apasionamientos. Los Congelados se han encerrado dentro de ellos mismos, no miran sino a quienes son sus iguales y a quienes son sus dependientes, considerando que nadie más existe. Los Incendiarios se han quemado sin iluminar, se agitan sin construir. Los Podridos han hecho y hacen todo lo posible para que este país sea una chacra; los Congelados lo ven como un páramo; y los Incendiarios quisieran prender explosivos y verter venenos para que surja una gigantesca fogata. Toda la clave del futuro está allí: que el Perú se escape del peligro de no ser sino una chacra, de volverse un páramo o de convertirse en una fogata. Que el Perú no se pierda por la obra o la inacción de los peruanos”.

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Van a transcurrir casi 80 años de la advertencia de Basadre y estamos a menos de un año de celebrar nuestro bicentenario, y yo percibo en nuestra atmósfera una cierta sensación de vacío en cuanto a nuestro futuro próximo como sociedad. No es necesariamente pesimismo ni desánimo por la crisis sanitaria y económica que estamos viviendo, en lo absoluto. Los que venimos pintando canas percibimos “sombras” –que, cual déjà vu, pensábamos ya superadas− de los peores momentos vividos en la década de los 80 y mediados de los 90 del siglo pasado en el Perú.

Posiblemente hemos comprendido, hasta cierto punto, cómo incrementar la riqueza nacional, pero no necesariamente por qué o para qué. Hemos sido testigos, además, de la real existencia de los Podridos (actos de corrupción), los Congelados (organizaciones públicas y privadas sin conciencia del bien común) y los Incendiarios (propuestas populistas que ponen en serio riesgo la estabilidad económica y política del país), y pareciera como que, en base a la trayectoria que viene tomando nuestra vida republicana (en base a las actuales reglas democráticas), nuestras libertades podrían verse afectadas y seriamente limitadas por la fuerza de la ignorancia: una suerte de angustia de encontrarnos cercanamente a una sociedad orwelliana (lean la novela política de ficción distópica 1984, de George Orwell). 

Efectivamente, la crisis pandémica ha desnudado varios secretos a voces sobre nosotros, nuestra sociedad, nuestra república y nuestro Estado. Nos pasó factura el “pacto infame de hablar a media voz”, como diría Gonzáles Prada, al no haber afrontado a tiempo los problemas de fondo que nos limitan a cumplir con la promesa trascendental: que el Estado eficiente al cual hizo referencia Basadre nunca pudo superar su situación de “Estado empírico”, que sucumbió ante su propia mediocridad e incapacidad en detrimento del ciudadano más necesitado, salvo muy puntuales excepciones (como el BCRP, por ejemplo); y que la pobreza no es un simple índice, sino una intolerable situación existencial humana que la presente crisis terminó por azotar con mayor fuerza, pues todos no estuvimos en el mismo barco.

Estimados jóvenes, ustedes serán los que pronto tomarán la posta de la “promesa de la vida peruana”. Donde se encuentren y desempeñen sus labores, reserven siempre un espacio en la mente y el corazón para pensar y actuar por el bienestar de los peruanos, del nosotros. 

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