Buscando chamba

Cada año miles de jóvenes peruanos migran hacia las grandes ciudades en busca del trabajo anhelado que les proveerá de los ingresos para estudiar una carrera. En ese camino están expuestos a la trata de personas mientras el resto de la sociedad normaliza sus sacrificios.

En esta época del año miles de jóvenes con edades entre los 13 y 20 años están buscando trabajo, en especial los que han culminado su secundaria. El sueño de la educación superior es casi una obsesión, aunque bien sabemos que una minoría lo conseguirá. En este país hermoso y diverso, la experticia en agricultura, ganadería, suelos, aguas, bosques, flora o fauna será reconocida únicamente en quienes tienen un título que lo demuestra mientras que los pobladores rurales y/o indígenas expertos por experiencia no alcanzarán a ser “alguien” en la vida. Esto se aprende a temprana edad, se lo dicen sus propios padres, maestros y los medios masivos de comunicación, lo cual explica la salida de los jóvenes de sus pueblos en búsqueda de dinero para poder estudiar y conseguir el preciado cartón.

Esta es una de las razones que dispara la cifra de desempleo en esta temporada, favoreciendo la explotación de las y los jóvenes, y también la trata de personas sin que las víctimas lo perciban. Los sospechosos avisos de empleo para señoritas colocados en mercados de ciudades del sur para laborar en Madre de Dios, serán la puerta de entrada a la trata de personas, el resto de la historia ya la conocemos. Un medio nacional ha difundido que el negocio de avisos de empleo del virtual congresista por Madre de Dios estaría envuelto en las redes, a los pocos días el mismo señor aparece en una foto en una universidad con licencia institucional denegada por Sunedu y, tal como lo indica la propia universidad en su página oficial de Facebook, durante su visita, ofreció “interponer sus buenos oficios” para buscar una “solución integral” al problema. Aparentemente, no está comprometido con la lucha por las juventudes peruanas.

| Fuente: Freeimages

Felizmente la joven V.O.CH (16 años) no ha caído en las redes de trata, ha llegado a Lima acompañada de su tío desde una comunidad de Tambobamba (Cotabambas-Apurímac) después de caminar 3 horas hasta el distrito, viajar 7 horas en combi hasta Cusco y otras 24 en bus. Su viaje ha sido en vano, ella no encuentra trabajo en un lugar seguro.  Ella quiere estudiar enfermería en Arequipa y aunque apueste por la educación superior pública, necesita juntar dinero para alquilar un cuarto y pagar los costos de su educación.  Como ella, muchas jóvenes aprovecharán las redes familiares, rentarán un cuartito por el sur y trabajarán en las playas de Lima, en alguna casa por propinas o lo que fuera.

Muchos dirán que sin sacrificios no se logra nada, que siempre ha sido así y podemos justificar las migraciones de miles de jóvenes y los riesgos que correrán tras un trabajo que les permita juntar un dinero para pagar sus estudios, pero no debiera ser. Si la actividad agropecuaria se valorará como la fuente más importante y sostenible de alimentos y recibiera el apoyo del Estado, si las poblaciones rurales e indígenas fueran reconocidas no por su pobreza o lo “colorido” de su cultura, sino por su aporte a la sociedad, por sus conocimientos, tecnologías y culturas, si sus territorios contarán con servicios públicos y gratuitos de calidad, otra sería la historia. No lo normalicemos.

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