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Magia o rechazo, dos experiencias opuestas con un implante cerebral

Los implantes buscan restaurar la movilidad perdida, las capacidades de comunicación o tratar los problemas neurológicos como la epilepsia.
Los implantes buscan restaurar la movilidad perdida, las capacidades de comunicación o tratar los problemas neurológicos como la epilepsia. | Fuente: Foto de Elena Mozhvilo en Unsplash

Dos testimonios sobre un implante muestran cómo esta tecnología, que trabaja directamente con el cerebro, puede causar efectos positivos y negativos en los usuarios que la usan.

Ian Burkhart miró su mano y se imaginó cerrándola. Y para su gran sorpresa, se cerró.

Ocurrió en 2014 y fue la primera vez que un paralítico recuperaba la capacidad de mover su brazo por la única fuerza de su mente, gracias a un implante en su cerebro.

"Fue el momento mágico que demostró que era posible, que no era ciencia ficción", recordó entusiasmado Ian Burkhart, antiguo voluntario en un ensayo experimental de interfaz cerebro-ordenador.

Este sector en pleno auge, donde dominan las empresas Synchron y Neuralink, de Elon Musk, busca utilizar implantes y algoritmos para restaurar la movilidad perdida, las capacidades de comunicación o tratar los problemas neurológicos como la epilepsia.

Sin embargo, vivir con un implante cerebral es una experiencia singular.

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'Una época triste'

Tras un accidente de buceo en 2010, Ian Burkhart quedó paralizado desde los hombros.

"Con 19 años, fue muy difícil de oír", contó el estadounidense por videollamada desde su domicilio en Ohio.

Cuando supo que una empresa estadounidense sin ánimo de lucro, Batelle, buscaba voluntarios para un ensayo (NeuroLife) sobre el restablecimiento de la mano, no dudó.

Le implantaron un dispositivo del tamaño de un guisante, con un centenar de electrodos, cerca de la corteza motora, la zona del cerebro que controla los movimientos.

Este dispositivo registró su actividad cerebral y la transmitió a un ordenador, que descifró con ayuda de un algoritmo la manera exacta en la que quería mover su mano. El mensaje fue transmitido a un manguito de electrodos colocado sobre su antebrazo derecho, que estimulaba los músculos pertinentes.

Ian Burkhart se volvió tan hábil con su mano que pudo tocar solos de guitarra con el videojuego Guitar Hero. Pero la financiación del ensayo se agotó tras 7 años y medio, y le retiraron el implante en 2021.

"Fue realmente una época triste", recordó Burkhart, que tiene actualmente 32 años.

El shock fue atenuado por el hecho de que solo pudo utilizar esta tecnología en laboratorio, unas horas por semana.

Y su cuero cabelludo se infectó. "El cuero cabelludo intenta cerrarse permanentemente, pero no lo consigue porque hay un trozo de metal" que sobresale.

El treintañero guarda aun así una opinión positiva de su experiencia y defiende las interfaces cerebro-ordenador. Considera que el temor es infundado, pero aboga por tener más en cuenta las experiencias de los pacientes.

Tiene previsto recibir otro implante en el futuro, pero lo preferiría permanente.

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'Un robot raro dentro'

Hannah Galvin no quedó tan satisfecha.

Con 22, esta australiana vio sus sueños profesionales en la danza clásica destrozados por una epilepsia incapacitante. Recibió entonces un implante experimental.

"Habría hecho cualquier cosa. Me pareció una oportunidad de recuperar mi vida", contó Galvin, ahora de 35 años, desde Tasmania (Australia).

Se le implantó en el cerebro un electroencefalograma, que registra la actividad eléctrica, en el marco de un ensayo realizado por la empresa estadounidense NeuroVista.

La idea era que el dispositivo le avisara si un episodio convulsivo era inminente. Pero una vez implantado, el dispositivo no dejaba de activarse, lo que hizo creer a la joven que funcionaba mal.

No era así: resultó que Hannah Galvin sufría más de 100 convulsiones al día. Ni ella ni sus médicos sabían que eran tan frecuentes.

Se sentía avergonzada en público por los constantes parpadeos y pitidos del dispositivo. Cada vez tenía más la impresión de que "había alguien en (su) cabeza y no era (ella)". "Era un robot raro dentro de mí, y quería arrancármelo de la cabeza".

La extracción del implante le proporcionó un alivio inmenso, pero su autoestima quedó tan dañada que ya no quería salir de casa y tuvo que tomar antidepresivos.

Aunque tardó años en aceptar que sus convulsiones le impedirían trabajar, Galvin afirma ahora llevar "una vida feliz", pintando y fotografiando.

A los pacientes que se plantean un implante cerebral, les aconseja que "sean más cautelosos" que ella.

Con información de AFP

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