El infierno amazónico es una hoguera de intereses creados

El humo de los ecosistemas incendiados en el mundo entero resulta menos turbio que las cortinas de humo levantadas para librar responsabilidades. Cuando el escándalo noticioso se haya olvidado ¿tendremos algo en claro?

Desde el miércoles pasado, cuando estalló la noticia mundial de la Amazonía incendiada, las notas periodísticas, la cacofonía tuitera, las opiniones de “expertos” y “especialistas” que hablaban de pan con mantequilla dos días antes, las imágenes eco-pornográficas de animalitos chamuscados, los comunicados oficiales, los rabos de paja, la hipocresía de los cabecillas mundiales reunidos en Biarritz, las oraciones por la Amazonía y las invocaciones al espíritu de la ayahuasca empiezan a confundir al más versado. Entre tanta humareda, ¿qué podemos sacar en claro?

La cuestión ecológica. Todos los años se incendian la Amazonía y los Andes en todos nuestros países, por quemas agropecuarias mal supervisadas o para desbrozar bosques que previamente fueron derrumbados. Miles de niños enferman debido al aire contaminado. Globalmente, el fuego y el cambio climático, causados por seres humanos, se entrelazan formando un tornado ecológico cada vez más descontrolado. Arden ecosistemas que mantienen más carbono fuera de la atmósfera que el que nunca podremos extraer; aportan lluvia y oxígeno que no podremos reponer; y cobijan millones de organismos que nos sustentan y que jamás lograremos reemplazar. La incineración de ecosistemas silvestres esrecurrente, inadmisible, previsible y evitable.

Fotocedida por los Bomberos del estado de Acre que muestra a miembros de los bomberos mientras combaten un incendio | Fuente: EFE | Fotógrafo: BM ACRE

La cuestión económica (es decir, política). La codicia usurpó el trono y se declaró virtuosa. La Amazonía es destruida con dinero en mente; para extraer el oro de nuestras joyas y producir los ingredientes del arroz chaufa y el lomo saltado. La soya transgénica que transmutará en carne, la palma que proporcionará el aceite, el arroz inmaculado. Haremos mucho por la Amazonía cuando empecemos a preguntarnos: ¿Cuántos árboles murieron para que yo presumiera este anillo? ¿De dónde proviene lo que tengo en mi plato? Quienes devastan la tierra son gente pobre y grandes empresarios. ¿Qué impulsores económicos los llevan a emplear en la destrucción su inventiva y su fuerza de trabajo? ¿Qué políticas alientan esa destrucción u omiten refrenarla? Podemos construir economías y patrones de consumo diferentes.

La cuestión humana. El jueves pasado, durante el plantón frente a la embajada de Brasil en Lima, una señora pequeñita iba entregando estampitas con una plegaria, con los ojos ardiendo de llanto. Le dolía el corazón por la Amazonía, dijo. Un joven corpulento, bien vestido y barbado, reaccionó a la señora con gritos destemplados: la religión, rugía él, es un opio que los poderes hegemónicos inculcan para manipularnos como ovejas. Ella temblaba. Me impresionó la violencia de ese hombre, con la cual anulaba cualquier verdad que pudieran contener sus palabras. Hay gente que obra bien y hay gente que obra mal, no importa nada cómo justifique sus actos. La mayoría de los seres humanos nos hemos habituado a obrar mal contra la naturaleza, a dejarnos llevar por la corriente. Una minoría de individuos perfectamente identificables, soliviantados por la avidez de las grandes masas televidentes, han desatado una guerra contra todo lo que es benéfico y decente, con discursos de odio, hombres armados y grandes capitales para respaldarlos. Colapsar ese soplo diabólico, que incendia los bosques del mundo, está en nuestras manos. Por un motivo simple: No existen otras manos.

NOTA: “Ni GRUPORPP ni sus directores, representantes o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.