¿Repliegue populista?

El populismo es una patología política que ahora corroe los sistemas democráticos en distintas latitudes. Hay que derrotarlo movilizando la conciencia ciudadana y denunciando sus vicios. Al parecer, afortunadamente empieza a perder terreno.

La historia de la humanidad es una sucesión de marchas y contramarchas. En 1989, con la caída del Muro de Berlín y la disolución del orden global bipolar, Fukuyama pronosticó audaz y prematuramente “el fin de la historia” gracias al triunfo definitivo de la democracia liberal como ideología política hegemónica. Su predicamento se convirtió en dogma, y el optimismo se apoderó de Occidente. Pero no se han requerido muchos años para comprobar que esas ilusiones carecían de sustento.

Hoy vivimos en un mundo mucho más complejo, impredecible y fragmentado que el de hace tres décadas. Y el orden democrático se ve cotidianamente cuestionado precisamente en aquellos países que sirvieron de cuna a sus ideales y a sus instituciones fundamentales. Los principales enemigos de la democracia ya no son foráneos ni agentes de dictaduras, sino aquellos dirigentes políticos de humor mesiánico y enfermizamente enamorados de sí mismos, que prometen a sus pueblos cualquier cosa a cambio de convocar su enceguecido apoyo. El populismo gobierna hoy en Estados Unidos y en el Reino Unido, mas también en variados otros rincones como Hungría, Polonia, Italia, Brasil y Filipinas.

Pero hay que cerner con prudencia. La noción de populismo es problemática, y tanto la discusión académica en torno a ella como las realidades políticas están cargadas de matices. De modo genérico, el populismo se caracteriza por la desconfianza en las instituciones de la democracia, apelando como reemplazo a la invocación de un vínculo directo entre el dirigente mesiánico y sus seguidores. Pero es ajeno al populismo -y no siempre fácil de distinguir de este- cuando un dirigente político apela a la voluntad popular, que es el soberano máximo dentro de una democracia, para hacer frente a la pérdida de representatividad, y por tanto de legitimidad, por parte de las instituciones como el Parlamento, o ante la sistemática complicidad de la mayoría de sus integrantes ante intereses corruptos.

Trump apela a los resentimientos xenófobos y racistas de sectores minoritarios de la población blanca estadounidense. | Fuente: EFE

Sin duda, el mayor exponente mundial de las propensiones populistas en estos días es Donald Trump, quien ejerce muchas de sus funciones gubernamentales a través del Twitter y reaccionando frente a lo que le muestran las pantallas de televisión. A través de sus hemorragias de mensajes de Twitter, y también en sus breves declaraciones directas ante periodistas, insulta a los parlamentarios de oposición, denigra al presidente del banco central (Federal Reserve) por no reducir más las tasas de interés bancario, y califica sistemáticamente a los medios de prensa como “enemigos del pueblo”. Trump además, apela sin ambages a los resentimientos xenófobos y racistas de sectores minoritarios de la población blanca estadounidense.

Los académicos todavía siguen discutiendo sobre las causas de la sorprendente y vigorosa emergencia del populismo en diversas latitudes, y particularmente en países de democracias avanzadas. Existen diversas variables causales, como las disrupciones laborales y el incremento de la desigualdad socioeconómica causadas por la globalización; así como el “efecto túnel” que causan las redes sociales al inducir que los usuarios quedemos expuestos a puntos de vista preponderantemente similares a los propios.

Afortunadamente, en días recientes los populistas han empezado a sufrir serios reveses. Cada vez más se discute en Estados Unidos sobre la salud mental del presidente Trump, no como estratagema política de sus opositores, sino como dato inocultable de la realidad; y su incapacidad para comprender y expresar la realidad es cada vez más patente. Trump acaba de tener que despedir a su extremista Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, enemigo declarado del multilateralismo y devoto de las respuestas militares ante conflictos internacionales. En el Reino Unido, la estrategia del Brexit a cualquier costo (hard Brexit), promovida por el Primer Ministro Boris Johnson, viene siendo categóricamente rechazada por el Parlamento, lo cual acarreará próximamente la convocatoria anticipada de elecciones generales. En Italia, la ultra-derechista y xenófoba Lega Nord ha quedado apartada de la coalición de gobierno, aunque sigue siendo una fuerza política poderosa y de arraigo popular. En Brasil, el improvisado y vulgar Bolsonaro está siendo forzado a morigerar sus políticas anti-ambientalistas de depredación de la Amazonía, ante la presión europea y de otros países desarrollados. En Hungría, el régimen xenófobo y antiinmigrante de Viktor Orbán está teniendo que admitir el ingreso de trabajadores extranjeros al constatar la carencia de suficiente mano de obra nacional.

Pero, a contramarcha, todo indica que el populismo peronista recuperará el Gobierno de Argentina en las elecciones presidenciales del 27 de octubre próximo. Esta es una pésima noticia para nuestra hermana república, a la luz de la nefasta trayectoria histórica de ineptitud y corrupción que es emblema del peronismo. En México, Andrés Manuel López Obrador acaba de cumplir su primer año de gobierno con más simbología que logros tangibles, pero manteniendo altos niveles de popularidad, y preservando un delicado equilibrio entre la prudencia y sus impulsos populistas.

En resumida cuenta, la eficacia como gobernantes de los dirigentes populistas suele ser poca, pues privilegian el aplauso inmediatista del pueblo antes que la gestión técnica, la visión estratégica, y el respeto a las normas y demás instituciones de la democracia. Aún más execrables son aquellos populistas de nuestro tiempo que apelan a la denigración de los extranjeros, de quienes son distintos, o de las mujeres. Esos son los verdaderos enemigos de la democracia, y a través de los métodos de esta hay que derrotarlos.

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